¿Qué (no) significa “ser como niño”?

21 octubre, 2009

jesus y niñosEn Mc 10,13-16 dice: “Trajeron unos niños a Jesús para que los tocara, pero los discípulos los reprendían. Jesús, al verlo, se indignó y les dijo: Dejen que los niños vengan a mí; no lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. Les aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Entonces Jesús los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos”.

 

Para responder la pregunta planteada en el título hay que empezar diciendo que en el contexto cultural judío de la época de Jesús los niños no eran tomados en cuenta socialmente. No se les consideraba como modelo de inocencia (como la hacemos nosotros hoy) sino como modelo de inmadurez, ignorancia y torpeza. Peor aún: no conocían la Ley, necesaria para la salvación. Es muy probable entonces, que los discípulos de Jesús hayan visto en los niños una molestia inútil y absurda para su Maestro, pues no tenían aún las condiciones básicas como para entender y acoger su doctrina, y decidirse a su seguimiento. Por tanto, los discípulos, al espantarlos, actuaron lógicamente. Si hay alguien que rompió la lógica, ése fue Jesús. Situación, en todo caso, no muy lejana a lo que fue nuestra sociedad. Yo recuerdo haber alcanzado a escuchar en mi infancia aquello de que “los niños no hablan en la mesa”.

Jesús les dice a sus discípulos que de los que son “como” niños es el Reino y que hay que recibir este Reino “como” un niño. El punto de comparación es el siguiente: los niños no son autovalentes sino que dependen del cuidado de los demás y reciben las cosas no porque se las hayan ganado haciendo méritos sino gratuitamente y no se hacen mayor problema por esto. Esto significa que en una sociedad y en una religión en que lo central es el mérito y el cumplimiento, sobre todo en lo que se refiere a la salvación, Jesús hace estallar la lógica imperante al ofrecer la salvación como regalo y no como premio o sueldo por los esfuerzos realizados.

A su vez, la actitud que se corresponde con el ofrecimiento del Reino como regalo es la de ¡aceptarlo como regalo! Actitud característica de los niños que son quienes llaman a sus padres “abbá” (= papá) y reciben de ellos los dones con sencillez, espontaneidad, sorpresa, alegría y agradecimiento. No se trata de hacer méritos con grandes ayunos o realizando obras que requieren un gran esfuerzo, sino de abrirse en receptividad confiada e incondicional ante Dios. Ésta es la actitud exigida a los discípulos de Jesús.

Es claro, entonces, que la exhortación a ser “como” niños no significa cualquier cosa que se nos ocurra. No se trata, por ejemplo, de que un adulto se transforme en alguien inmaduro o en alguien que no es capaz de distinguir con claridad entre el bien y el mal. No se trata de fomentar infantilismos ni de un llamado a la ingenuidad. No se trata de un proceso de regresión y de fijación en una etapa infantil. Para decirlo de una manera gráfica: no hay que ir a comprarse ni pañales ni Hipoglós, sino de integrar las actitudes de los niños recién mencionadas en la vida adulta y que son incompatibles con ciertas actitudes adultas que nos disminuyen en humanidad.

Construir el Reino corresponde a la actitud adulta del mérito, del propio esfuerzo, actitud incompatible con la salvación como gracia. Acoger o recibir el Reino como un regalo extraordinario con confianza, sorpresa, alegría y agradecimiento, y dar testimonio del regalo recibido es lo que pide Jesús a sus discípulos de todos los tiempos.

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¿Acogida o construcción del Reinado de Dios?

21 octubre, 2009

Acogida reinadoNuevamente me refiero a este tema debido a la amplitud que tiene en nuestros ambientes eclesiales y pastorales la expresión “construir el Reino de Dios”. Para no dejar lugar a dudas parto con la siguiente afirmación categórica: no somos constructores del Reino de Dios. La formulación “construcción del Reino” es poco feliz y, para decirlo de una vez, equivocada. Las razones son múltiples, mencionaré sólo tres.

1ª No hay ni un solo texto bíblico que hable de la construcción del Reino ni de una idea que se le asemeje.

 

2ª El término “evangelio”, que viene del griego y que significa “buena noticia”, era ya utilizado por el Antiguo Testamento para significar las intervenciones salvíficas de Dios, por las cuales Dios liberaba a su pueblo de alguna opresión o lo salvaba de algún peligro. Los textos más importantes que usan este término son los del Déutero-Isaías (Is 40-55), libro que fue escrito cuando el pueblo de Israel se encontraba cautivo en el exilio en Babilonia. A este pueblo se le anuncia la buena noticia de que Dios empezará a reinar, lo que tendrá como consecuencias la liberación de ese cautiverio y el retorno a la Tierra Prometida. Que Dios reine es una excelente noticia porque su acción de reinar libera, sana y salva. Un texto clarísimo al respecto es Is 52,7-10: “¡Qué hermosos son sobre los montes / los pies del mensajero que anuncia la paz, / que trae buenas noticias, / que anuncia la salvación, / que dice a Sión: “Ya reina tu Dios”! / ¡Una voz! Tus vigías alzan la voz, / a una dan gritos de júbilo, / porque con sus propios ojos / ven el retorno de Yahvé a Sión. / Prorrumpid en gritos de júbilo, soledades de Jerusalén / porque Yahvé ha consolado a su pueblo, / ha rescatado a Jerusalén, / ha desnudado Yahvé su santo brazo / a los ojos de todas las naciones, / y todos los extremos de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios”. Dar la buena noticia (o evangelizar) significa entonces anunciar que Dios viene como Rey. El contenido de la buena noticia o evangelio es Dios viene a reinar. Esto es el Reinado de Dios: la acción de reinar de Dios. Y las acciones no se construyen sino que se ejecutan, se realizan. El “de Dios” indica que el que realiza la acción de reinar es Dios.

 

En los evangelios, Jesús es como el mensajero del texto de Isaías, aunque con una gran diferencia: no sólo anuncia sino que inaugura esa acción de gobierno de Dios. En la predicación y actividad de Jesús se ha iniciado la acción sanadora y salvadora de Dios en el mundo. Jesús nos revela el misterio del Reino de Dios: quien reina no es meramente un rey sino un Padre, nuestro Padre. Un Padre lleno de amor y misericordia que busca lo que está perdido y se alegra al encontrarlo (ver las tres parábolas de Lc 15). Jesús nos muestra que Dios Padre ejerce su soberanía sobre nosotros por medio de la misericordia. Donde haya misericordia, perdón, reconciliación allí, está Dios reinando.

 

3ª Dios, a partir de Jesús y con el poder del Espíritu Santo, ha empezado a reinar en el mundo, pero su acción todavía no lo abarca todo; por eso decimos que el reinado de Dios ya está presente, pero todavía no en plenitud. Llegará el momento en que se manifieste en toda su gloria y esplendor. El reinado está en un proceso de crecimiento y desarrollo conocido sólo por Dios. Ese crecimiento y plenitud es la que el Señor nos enseñó a pedir en el Padre Nuestro: “venga a nosotros tu Reino”, es decir, “ven Tú a reinar sobre nosotros porque eres nuestro Padre amoroso y misericordioso”. No nos enseñó a decir: “Ayúdanos a construir tu reino”.

 

¿Qué nos corresponde a nosotros como iglesia, como comunidad de creyentes? ¿Hay algo que tengamos que hacer? Por supuesto que sí, recibir, acoger la acción de Dios en nuestras vidas y esto no es poco. Porque también la podríamos rechazar, como muchas veces de hecho lo hacemos. El Concilio Vaticano II dice: “La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo (cf. Mc 4,14): quienes la oyen con fidelidad y se agregan a la pequeña grey de Cristo (cf. Lc 12,32) ésos recibieron el reino” (Lumen Pentium 5). El Concilio habla de recibir, no de construir el reino. Y un poco más adelante: “Por esto la Iglesia… recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino”, es decir, la Iglesia no es el reino, sí es su germen y principio. Y ella debe anunciarlo e instaurarlo, es decir, hacerlo presente. La Iglesia debería ser el lugar donde Dios reina sin resistencias. La Iglesia como punta de lanza de la acción misericordiosa de Dios en el mundo. La Iglesia como signo visible de la acción salvífica, liberadora y sanadora de Dios en el mundo.

Nosotros no somos los constructores sino los alegres mensajeros, testigos e instrumentos del amor misericordioso de Dios Padre. Así como Jesús, nosotros deberíamos hacer presente la acción cariñosa de Dios en el mundo y así conquistar a otros para que abran sus vidas a la acción de Dios, al Reinado de Dios. De ahí que podamos cantar a todo pulmón: “Anunciaremos tu Reino Señor”.


Jesús y los fariseos

21 octubre, 2009
Jesús y Nicodemo

Jesús y Nicodemo

Los fariseos gozaban de gran estimación entre el pueblo judío pues eran los piadosos de Israel que buscaban ayudar al resto del pueblo a practicar la Ley para así lograr la salvación. Para nosotros, cristianos, la palabra “fariseo” tiene una connotación bastante negativa que se usa como sinónimo de hipócrita. Esta identificación se debe a una deformación histórica. A continuación algunas observaciones sobre la relación Jesús – fariseos.

1º Cuando Jesús llama a los fariseos[1] se está dirigiendo no a todos los fariseos sino a aquellos que efectivamente son hipócritas. Prueba de lo dicho es que describe en qué consiste su hipocresía: hipócrita es más bien sinónimo de legalista. Jesús se dirige contra todos aquellos que han puesto la letra de la ley por sobre su espíritu, por sobre la intención misericordiosa del legislador: Dios mismo. Jesús, tal como dijo “fariseos hipócritas” podría hoy decir “católicos hipócritas”, refiriéndose con ello no a todos los católicos sino a aquellos que convierten el evangelio (=buena noticia) en ley, ahogando así al Espíritu. Los evangelios no fueron escritos para judíos sino para cristianos. ¿Por qué entonces la controversia con los fariseos? Porque las actitudes negativas de algunos de ellos se estaban replicando en las comunidades cristianas destinatarias de los evangelios.

2º Los reproches dirigidos contra los judíos son tan frecuentes y tan virulentos como los que se encuentran en la Torah (= Pentateuco) y en los Profetas. Hay que recordar que los profetas utilizaron un lenguaje particularmente duro para criticar a su propio pueblo y a sus autoridades.

3º Hay pasajes en los que Jesús y los fariseos aparecen en actitudes pacíficas y amigables: a) las ocasiones en que Jesús fue a comer a casas de fariseos (ver Lc 7,36; 11,37; 14,1: donde se trata de uno de los jefes de los fariseos); b) los fariseos advierten a Jesús que Herodes Antipas lo quiere matar (Lc 13,31ss.); c) como amigos o partidarios de Jesús aparecen Nicodemos (Jn 3,1; 7,50; 19,39) y José de Arimatea (Mc 15,43); d) el tremendo elogio que hace Jesús del escriba o maestro de la Ley (Mc 12,34).

4º Por último, es muy probable que los fariseos no hayan sido los responsables de la muerte de Jesús puesto que eran los saduceos y no los fariseos los que tenían el poder de ejecutar las penas impuestas. Además, el recién mencionado fariseo Nicodemo es el único que defiende a Jesús en el sanedrín (Jn 7,45ss.) y José de Arimatea, por su parte, tampoco aprobó la pena de muerte contra Jesús (Lc 23,51). Todo esto indica que no fueron los fariseos sino los saduceos del sanedrín los verdaderos enemigos de Jesús, quienes seguramente se sintieron amenazados por las palabras proferidas por Jesús contra el Templo, que era el centro de la actividad saducea.

Los textos del Nuevo Testamento en los que se recrimina a los judíos no deben ser utilizdos como fundamento para el antijudaísmo: “Utilizarlos con este fin va contra la orientación de conjunto del Nuevo Testamento. Un antijudaísmo verdadero, es decir una actitud de desprecio, de hostilidad y de persecución contra los judíos en tanto que judíos, no existe en ningún texto del Nuevo Testamento y es incompatible con la enseñanza del Nuevo Testamento. Lo que hay son reproches dirigidos a ciertas categorías de judíos por motivos religiosos y, por otro lado, textos polémicos en defensa del apostolado cristiano contra los judíos que se le oponían”[2].

 


[1] Ver en especial el capítulo 23 de Mateo.

[2] Pontificia Comisión Bíblica, El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana, Librería Editrice Vaticana, Cittá del Vaticano 2002, n. 87, págs. 209-210.

Jesús y Nicodemo

La imprescindible formación

21 octubre, 2009

Jesús discípulosNada más apropiado que esta página sobre formación para reflexionar sobre la importancia de la formación, tomando en cuenta que en nuestra vivencia eclesial, especialmente en el ámbito de la pastoral, con tanta frecuencia la hemos mirado en menos. En algún momento se instaló una falsa y dañina contraposición entre lo pastoral y lo teológico, la que, gracias a Dios, está empezando a ser superada, como lo prueba esta misma sección llamada “formación bíblica” en un boletín de corte pastoral.

La tarea de anunciar la Buena Nueva traída por Jesucristo supone formación y cierto grado de maduración. Se podría establecer el siguiente principio: la buena voluntad es necesaria aunque no suficiente. Dicho más directamente, la sola buena voluntad es fuente de múltiples errores que nos pueden llevar a vivir equivocadamente la fe. No debemos olvidar que somos cristianos no sólo porque intentamos seguir a Jesús sino porque creemos en el Dios de Jesús, es decir, en el Dios que Jesús nos transmitió por medio de su predicación y de sus acciones. Y para eso tenemos que conocer lo que Jesús dijo e hizo, interpretándolo correctamente. Tres puntos quisiera someter a la consideración de los lectores en referencia a la formación:

1º La relación Jesús-discípulos. Lo primero que hizo Jesús al iniciar su ministerio público, que lo inició entre paréntesis teniendo sobre treinta años, fue reunir a un grupo de hombres con los que mantuvo una relación de maestro-discípulos (ver Mc 1,16-19; 3,13-19), lo que supone que Jesús los instruía tal como lo hacen los maestros con sus discípulos. Además, Jesús asoció a sus discípulos como colaboradores en su ministerio de evangelizar (= anunciar la buena noticia) la cercanía del Reino de Dios, formándolos para este propósito: “Con muchas parábolas como éstas Jesús les anunciaba el mensaje, adaptándose a su capacidad de entender. No les decía nada sin parábolas. A sus propios discípulos, sin embargo, les explicaba todo en privado” (Mc 4,33-34). Luego, en Mc 6,6b-13 aparece la misión de los doce. Jesús, por tanto, llama (vocación), forma (formación) y envía (misión). Los discípulos de aquel entonces como los de todos los tiempos tenemos que ser formados en la escuela de Jesús. No se puede salir a la misión sin haber sido formado porque como dice el antiguo y sabio proverbio latino nemo dat quod non habet = nadie da lo que no tiene.

2º La 1ª Carta de Pedro 3,15 dice: “Por el contrario, den gloria a Cristo, el Señor, y estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que le pida explicaciones”. A esto se dedica precisamente la teología: a dar razón de la fe que, en el presente caso, se puede considerar como sinónimo de esperanza. La teología es el esfuerzo creyente por mostrar que es razonable creer. Esto no significa que para ser cristiano haya que necesariamente ser teólogo, pero sí que es necesario tener una formación suficiente como para dar razón de la esperanza que es el motor de la existencia cristiana. Y esta carta nos dice incluso cómo debemos hacerlo: “Háganlo, sin embargo, con sencillez y respeto, como quien tiene limpia la conciencia. Así, quienes hablan mal de su buen comportamiento como cristianos, se avergonzarán de sus calumnias” (1Pe 3,16). Es decir, sin altanería ni autoritarismo.

3º El Documento de Aparecida ha recogido ampliamente el tema dedicándole el capítulo 6 “El itinerario formativo de los discípulos misioneros” y una parte del mensaje final de los obispos del que es más que suficiente citar lo siguiente: “Todos en la Iglesia estamos llamados a ser discípulos y misioneros. Es necesario formarnos y formar a todo el Pueblo de Dios para cumplir con responsabilidad y audacia esta tarea”. Esto, a su vez, ha sido asumido por la Misión Continental, la Misión Continental en Chile y las Orientaciones Pastorales 2009-2013 de nuestra Arquidiócesis, especialmente en los números 92-95.

Para finalizar, recordar el bello y esperanzador ejemplo del reciente Seminario Bíblico sobre San Pablo organizado por el Instituto de Teología en conjunto con el Arzobispado, que nos mostró en la práctica cómo teología y pastoral se necesitan y complementan recíprocamente. La acción necesita de la reflexión para no equivocar el camino y la reflexión necesita de la acción para no reducirse a una inútil pirueta intelectual.


Pablo: cautivado por el amor de Dios

21 octubre, 2009

San PabloHace unos días ha concluido el año de San Pablo convocado por Benedicto XVI y me ha parecido apropiado colaborar en la culminación de esta celebración, reflexionando sobre la experiencia fundamental de Pablo: ¿qué fue lo que le hizo hacer todo lo que hizo?

Para nosotros los creyentes, Pablo es una figura potentísima, modelo de discípulo, misionero, evangelizador, comunicador, creyente apasionado y coherente, etc., pero esta riquísima variedad nos puede perder de lo esencial, pues todo lo que he nombrado más lo que cada uno de ustedes pueda agregar, por importante que sea, son frutos, expresiones de un acontecimiento fundamental. Vuelvo a la pregunta, aunque formulada de otra manera: ¿cuál fue el motor del ministerio paulino? Para responder, no haré gran cosa, pues enhebraré algunos textos que contienen la respuesta.

Para empezar, ¿cómo se llega a ser cristiano? El Santo Padre nos dice que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”[1]. Y ¿qué es lo que encontré en ese encuentro que lo hace ser tan importante, qué descubrí o qué me fue revelado? Que Dios nos ama con un amor inmenso e incondicional que sólo retrocede ante el rechazo que podemos hacer de él… ¡y quién no conoce por experiencia propia lo doloroso del amor rechazado!

De una manera estremecedora y emocionante describe Benedicto XVI este amor citando la experiencia de una esclava africana despreciada y maltratada que descubrió el amor del Señor Jesús: “Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más: este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba ‘a la derecha de Dios Padre’. En este momento tuvo ‘esperanza’; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa”[2]. El descubrir el amor de Dios ilumina y transforma la existencia más miserable.

Pablo se refiere en múltiples ocasiones a la experiencia que ha tenido del amor de Dios manifestado en Jesucristo: “Ahora, en mi vida terrena, vivo creyendo en el Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá 2,20). Y esto es lo que debería descubrir cada cristiano. Y qué decir del famoso texto de Romanos: “¿Qué más podemos añadir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él… ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?… Porque estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (8,31-32.35.38-39). Y el amor llama al amor: “Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un ‘mandamiento’, sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro”[3]. Sin duda Dios es amor y sin duda Pablo fue cautivado por ese amor.


[1] Deus caritas est, 1.

[2] Spe salvi, 3.

[3] Deus caritas est, 1.


Jonás, el profeta idiota

10 mayo, 2009

jonasEntre los libros proféticos se encuentra Jonás, un breve libro de cuatro capítulos, al que, lamentablemente, identificamos sólo por el episodio de “la ballena” y, para peor, mal identificado, porque el texto hebreo y las biblias en general hablan de “un gran pez” y en ninguna parte de ballena. Pero el libro de Jonás es bastante más que esto.

Se puede considerar una parábola en la que se narran las desgracias y rabietas de un profeta a quien Dios le ha encargado ir a Nínive a proclamar un mensaje contra la ciudad por su maldad (ver Jon 1,2). Jonás se levantó con rapidez… pero no para cumplir su misión sino para huir lejos del Señor: fue a un puerto y compró un pasaje en un barco que iba para el lado contrario al que había sido mandado. El Señor, por su parte, desató una gran tempestad que terminó con Jonás en el vientre de un gran pez, el que, por orden del Señor, después de tres días lo vomitó en tierra firme (2,11) (siempre me he preguntado por qué sencillamente no lo dejó en tierra firme, sino que lo “vomitó”, quizá ni siquiera el monstruo marino fue capaz de soportar el amargor del profeta: le produjo acidez). Después de tan contundente experiencia, y quizá para evitar otras peores, Jonás fue finalmente a Nínive, y proclamó: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida” (3,4). Nínive fue la capital del imperio asirio, imperio guerrero famoso en el antiguo oriente por su crueldad y responsable de la destrucción del Reino del Norte (Israel) el año 721 a.C. La reacción de los crueles ninivitas fue, por decir lo menos, sorprendente: creyeron lo que Dios decía, decretaron un ayuno seco que incluía hasta a los animales, se vistieron de penitencia y se convirtieron de sus malas acciones. Dios, por su parte, al ver esta reacción, retiró el castigo anunciado. Jonás bien podría ocupar un lugar destacado en el libro de records Guiness como el profeta más exitoso de toda la Biblia: convirtió a una ciudad de habitantes brutales con una sola frase. Pero Jonás, lejos de alegrarse con tal éxito, se enfurece a tal punto que le ruega a Dios que le quite la vida, explicándole tanto la causa de su huida como la de su furia: “Porque sé que eres un Dios clemente, compasivo, paciente y misericordioso, que te arrepientes del mal que prometes hacer” (4,2). La causa de la ira de Jonás es la misericordia de Dios, porque lo que el profeta esperaba era que cumpliera su palabra de destruir la ciudad, incluso se instaló fuera de ella para ver tal destrucción. El libro termina con una pregunta en la que Dios defiende su misericordia y confronta a Jonás con su mezquindad, con su idiotez.

La figura de Jonás se presenta como la de un profeta idiota de idiotas[1], es decir, como el portavoz de los que se fijan sólo en sí mismos, en su propia identidad, concebida como algo estático y autorreferido. Jonás es una crítica aguda y feroz a una forma equivocada de creer: la que busca “nacionalizar” a Dios, hacerlo propiedad de nuestra nación, grupo o movimiento. Pero el libro de Jonás nos muestra que Dios no es el que nos fabricamos, sino el Absoluto, el Trascendente, el que no podemos hacer a nuestra medida, según nuestros intereses. Es el Dios nuestro y también el de nuestros enemigos o de aquellos a quienes despreciamos… aunque nos duela.

Jesús es todo lo contrario a Jonás. Jesús exulta de alegría porque derrama la misericordia de Dios a todos y a manos llenas. Él no busca la destrucción sino la conversión. Y la Iglesia, siguiendo las huellas de su Maestro, es todo lo contrario a idiota: es católica, es decir, universal. La Iglesia, como Jesús, no es para sí misma sino para el mundo. Ella es la alegre mensajera de la misericordia y salvación de Dios universal. Y si no es así deja de ser la Iglesia de Jesús para convertirse en la Iglesia de Jonás.

Emulando humildemente el libro de Jonás, termino este artículo con una pregunta: ¿Cuánto de Jonás hay en mí, en mi grupo, en mi comunidad, en mi concepto de Iglesia?


[1] “Idiota” viene del griego ídios que significa “lo propio”, idiota, por tanto, es todo el que ve y se preocupa sólo por lo propio, no es capaz de ver más allá, a los otros.


Cristo crucificado: ¿escándalo para los cristianos?

31 marzo, 2009

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El año pasado, por estas mismas fechas, fui invitado a un importantísimo colegio católico de la región a presentar un tema a sus profesores como preparación a Semana Santa. Les mostré una exposición gráfica en la que se detallaba con bastante crudeza la cruel práctica de la crucifixión y cómo pudo haber sido azotado y crucificado Jesús. El público quedó impactado y desagradado. En síntesis, la exposición no gustó. Yo también quedé impactado, pues en los ya casi treinta años que la presento, jamás había experimentado una reacción así. Recordé ese famoso texto de San Pablo, de especial relevancia en este año paulino que todavía celebramos, que dice: “Porque mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Co 1,22-23). ¿Es que el anuncio de la cruz se ha convertido también para nosotros en motivo de escándalo?

Es cierto que la cruz incomoda y debe incomodar, porque si no fuera así seríamos o insensibles o masoquistas; pero ella se encuentra en el centro del anuncio cristiano junto al de la resurrección. Como he recordado en otras oportunidades, el Dios de nuestra fe no es lógico sino paradójico, según nuestra racionalidad. Por tanto, ni crucifixión sin resurrección; ni resurrección sin crucifixión: tenemos que dar cuenta de estos dos términos aparentemente opuestos.

Acostumbramos a interpretar la crucifixión desde la resurrección de Jesús, lo que está bien, pero incompleto; también debemos hacer el ejercicio de interpretar la resurrección desde la crucifixión de Jesús, porque el Resucitado no es otro sino el que fue crucificado.

Pablo anuncia el evangelio del Crucificado, pero ¿cómo anunciar al Crucificado puede ser una buena noticia (= evangelio)? Algo es claro y conviene repetirlo: no es por masoquismo. Una pista muy importante ofrece cuando afirma en Gá 3,13: “Pero Cristo nos ha liberado de la maldición de la ley haciéndose por nosotros maldición, pues dice la Escritura: Maldito todo el que cuelga de un madero” (cita tomada de Dt 21,23). Al ser crucificado, Jesús se convirtió en un maldito para la ley religiosa judía: la cruz lo coloca oficialmente fuera de la religión de su pueblo, religión en la que se creía que la salvación depende de las propias obras. Ahora bien, es a este marginado, a este maldito a quien Dios resucita, revelando con ello que quien tenía la razón era precisamente el maldito: “la piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en la piedra fundamental” (Sal 118,22; Hech 4,11; 1Pe 2,7). Y 1Pe 2,8 añade citando Is 8,14 “En piedra de escándalo (o tropiezo) y roca donde se estrellan”. ¿Por qué Jesús es motivo de escándalo y piedra de tropiezo? Justamente por su crucifixión que muestra que el salvador no es el hombre de éxito, sino el que humanamente ha fracasado estrepitosamente. Es la paradoja continua que celebramos a lo mejor sin darnos cuenta: en Navidad celebramos la salvación que nos llega en un niño (¿cómo nos va a salvar un niño?); en Semana Santa, la salvación que nos llega en un crucificado (¿cómo nos va a salvar un fracasado?). La buenísima noticia que nos revela la crucifixión es que el Reinado de Dios se empieza a desplegar desde lo pobre, lo humilde, lo sencillo (ver Lc 17,20-21). Dios manifiesta su salvación en lo que humanamente es un fracaso. La cruz de Jesús nos muestra que la salvación es gracia y no mérito, es decir, es ofrecida por Dios a todos, en especial a los que para nosotros son los últimos. Jesús en la cruz desciende a lo más bajo para que nadie, por más en el fondo que se encuentre, quede fuera de la oferta de salvación de Dios. El sacrificio de Jesús nos muestra la inmensidad e intensidad del amor de Dios por nosotros, que hace que el Padre entregue a su Hijo, y el Hijo encarnado se entregue completamente a sí mismo hasta el extremo de la “muerte, y muerte de cruz” (Flp 2,8). El sacrificio de la propia vida en favor de los demás constituye la expresión más radical del amor. El contemplar la intensidad de su sufrimiento nos debe llevar a comprender la intensidad de su amor.

Su cruz puede dar sentido a algo tan propiamente nuestro: el dolor. Por último, esa cruz nos debe ayudar a identificar e identificarnos con todos los crucificados de nuestro presente, para tratar de aliviar y alegrar la existencia de los que más sufren.