Sábado Santo: Jesús muerto entre los muertos

sepulturaA los creyentes nos cuesta reflexionar en el Sábado Santo, está como un paréntesis incómodo entre la crucifixión de Jesús del Viernes Santo y su resurrección el Domingo de Resurrección. Como para alejarnos de esa incomodidad, empezamos a retroproyectar en el sábado lo acontecido el domingo para que no quede vacío. El Sábado Santo no puede ser sino incómodo y casi pavoroso, porque Jesús está muerto y Dios en silencio. Es la pavorosa experiencia de la ausencia de Dios.
Jesús podría haber muerto, de la forma horrible en que lo hizo, y haber sido inmediatamente vuelto a la vida, así como mágicamente, constituyendo así el final feliz de un cuento, el happy end de una película. Pero el Papa Francisco, en su catequesis del miércoles pasado (16 de Abril, 2014), nos ha dicho que la resurrección no es eso. No hay resurrección si no hay verdadera muerte.
Ante la muerte, de seres queridos por ejemplo, nos detenemos. Y ella nos detiene a nosotros cuando nos llega. Por tanto, es apropiado detenernos para pensar en la muerte de Jesús.
Para quienes creemos en Cristo, él es el Hijo de Dios encarnado, la mayor expresión del amor de Dios que, humanado, se ha hecho solidario con nosotros hasta el final, hasta las últimas consecuencias, lo que significa que si en su existencia terrena fue solidario de los vivos, en su tumba se hace solidario con los muertos. ¿Y qué es lo más propio de la muerte? La incapacidad de comunicarse, la exclusión del amor y de la comunidad; en una palabra, la soledad. La muerte se puede considerar como el aislamiento total. El Hijo de Dios encarnado también experimentó esa soledad, pues sufrió real y plenamente nuestra muerte humana con todo lo que ella significa y abarca. Jesús, precisamente por su experiencia totalmente única de intimidad con Dios, sufrió el aislamiento de la muerte y la consecuente lejanía de Dios con más hondura y radicalidad que nadie. Jesús, al experimentar radicalmente la soledad de la muerte, solidariza con esa soledad, con su soledad acompaña nuestra soledad, preciosa paradoja que se convertirá en el punto de inflexión, pues rompe la soledad desde dentro. Sufre la soledad para rescatarnos de ella, tanto en las soledades de nuestra vida como en la soledad de nuestra muerte. Porque Dios es la omnipotencia del amor, puede realizar la impotencia del amor. Puede experimentar el sufrimiento y la muerte sin sucumbir a ellos. Sólo así puede redimir nuestra muerte mediante la suya.
En Jesús, Dios por amor ha descendido hasta lo más profundo de la condición humana, el aislamiento total y la impotencia radical de la muerte, para acompañarnos en ella y rescatarnos de ella.
A partir de su muerte ya nadie más muere completamente solo.

2 respuestas a Sábado Santo: Jesús muerto entre los muertos

  1. Pedro Antonio Flores dice:

    Muy profunda su reflexión: en el trasfondo de cada párrafo hay una gran reflexión teológica

  2. Es verdad, todos pasamos por alto el sábado, reflexionando en lo que vendrá: “la muerte no tiene la última palabra”, pero no nos detenemos a contemplar la muerte en si… a mirarla a la cara y descubrir la hermosa impronta de Jesús en ella.

    Imagino que morir a sí mismo, como lo propone Pablo, implica ese silencio y soledad profunda, necesaria para llenarse de la vida renovadora de Jesús, gobernando nuestra existencia.

    Su reflexión me invita a contemplar la humanidad de Dios, que vino a morir, estar solo, en silencio, abandonado de sí mismo para hacer morir de hambre a todos nuestros apegos.

    Un gusto volver a leerlo, profesor.

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