¡¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?!

 

Ilustración del Prof. Fredy Díaz - UCSC

Algunos textos sobre la experiencia de la (in)solidaridad en la Biblia

Como se comprenderá, dado el espacio de que se dispone, sólo es posible mencionar algunos textos bíblicos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento en los que aparece la vivencia de la solidaridad o de su contrario; esto explica el subtítulo del artículo. 

Yendo al tema, es necesario comenzar con una aclaración terminológica. El Diccionario de la Real Academia Española bajo la voz solidario, ria coloca “Adherido o asociado a la causa, empresa u opinión de alguien”; y bajo la voz solidadaridad pone “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”, lo que significa que la causa o empresa puede ser tanto buena como mala, es decir, también se habla de solidaridad en el pecado, en la maldad, como bien lo muestran los habitantes de Sodoma (ver Gén 19,1-5). Valga esta explicación tomando en cuenta que habitualmente utilizamos el término solidaridad en sentido positivo. 

El concepto de solidaridad lleva implícito la idea de unión, por lo que podríamos decir que la común unión o comunión y la solidaridad son términos prácticamente intercambiables. Y en el sentido que nosotros le damos, el término solidaridad expresa una especial identificación, preocupación y solicitud con los sufrientes, con los más desposeídos. La insolidaridad implica todo lo contrario, es decir, separación, división, egoísmo, indiferencia ante el sufrimiento ajeno, violencia ejercida contra los demás, en especial contra los más desprotegidos. 

Por otra parte, si bien es cierto que la palabra “solidaridad” no aparece en la Biblia, sí se encuentra la vivencia de la misma o de su quiebre. Desde un principio, la Biblia muestra con crudeza y de forma paradigmática, sobre todo en los primeros 11 capítulos del Génesis, conflictos y divisiones que destruyen la convivencia humana. Después de expresar la unidad fundamental de los seres humanos en dos versiones de la creación del hombre y de la mujer (Gén 1-2) aparece en Gén 3 la dramática ruptura entre el ser humano y Dios, y entre el hombre y la mujer. Cuando Dios interroga al hombre sobre su desobediencia, éste le responde culpando a la mujer y a Dios mismo al decir “la mujer que me diste por compañera me ofreció el fruto del árbol y comí” (Gén 3,12). En este culpar a la mujer no queda nada de lo que yo califico como el piropo más hermoso de la historia: “ésta es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gén 2,23). La situación se ha trastocado dramáticamente. El cambio es brusco, porque prácticamente todo el relato maravilloso del capítulo 2, se convierte en tragedia en el capítulo 3. Se rompe la unidad del ser humano con Dios y la unidad de la pareja humana. Todo esto aparece no como algo querido por Dios, sino como consecuencia del mal uso de la libertad humana, que eligió equivocadamente caminos de destrucción: quiso llegar a ser como Dios sin Dios. En este pecado de soberbia, de orgullo, consiste el pecado original. 

Pero, como si esto fuera poco, el capítulo 4 del Génesis da cuenta del asesinato entre hermanos, crimen horrible que queda plasmado en la tristemente célebre respuesta de Caín a Dios: “¡¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?!” (Gén 4,9). Frase nefasta que puede ser considerada como el lema de la insolidaridad. Contrapunto a este quiebre entre hermanos es lo que encontramos en el Sal 133(132),1: “¡Qué agradable y delicioso es que los hermanos vivan unidos!” Expresión tomada de la realidad, pues los que somos padres de varios hijos sabemos por experiencia propia que no basta que ellos sean hermanos para que se lleven bien. Es bastante común lo contrario: que los hermanos se lleven como el perro y el gato. Esta desunión aparece claramente reflejada en la actitud del hermano mayor en la famosa y mal llamada parábola del “hijo pródigo”, pues su título adecuado es el de parábola del “padre misericordioso”. Esto nos muestra que en la práctica la fraternidad es muchas veces más un anhelo que una realidad. Y aquí hay un abismo entre la fraternidad y la paternidad, porque queda demostrado que hay situaciones en las que la fraternidad no alcanza a comprender, sólo son entendidas y queridas desde la lógica (más bien “paradójica”) del corazón amante de un padre[1]

Pero, falta todavía un quiebre, y que es una especie de duplicado del relato del pecado original: el relato de la Torre de Babel (Gén 11,1-9). En él aparece que los hombres solidarizan para construir una torre que llegue al cielo. Aquí aparece nuevamente la intención de llegar al cielo, al espacio de lo divino sin Dios, a puro ñeque humano. De esta forma, en los primeros once capítulos del Génesis aparecen estos relatos que no hay que interpretarlos como históricos, pero que muestran cruda y profundamente la dolorosa realidad de la insolidaridad humana. 

Bien se podría decir que en estos capítulos encontramos una “historia de perdición” de la humanidad en cuanto que reflejan cuatro fracturas fundamentales, que experimentamos con dolor, de la existencia humana: la división con Dios, en la pareja, entre hermanos y entre pueblos. Sin embargo, cuando parece ya todo perdido, en el capítulo 12 del Génesis, surge la figura de Abraham, quien responde afirmativamente a la voluntad divina, dando inicio de esta forma a la historia de salvación de la humanidad. Esta historia se continúa en los patriarcas, en el pueblo de Israel y en el nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia. 

Como ya se ha dicho, si bien es cierto que el término solidaridad como tal no aparece en la Biblia, sin embargo en el Antiguo Testamento hay uno que se le aproxima bastante, el vocablo jésed, cuya traducción es bastante discutida, proponiéndose términos como paciencia, favor, bondad, misericordia, fidelidad, lealtad, amor. Este vocablo tiene tres aspectos constitutivos: 1) implica actividad, esto es, no es sólo un sentimiento humano sino que incluye la acción que acompaña tal sentimiento; mantiene y favorece la vida, y es compromiso con quien se encuentre afectado por una desgracia o necesidad. Es muestra de amistad o de compasión; 2) posee un sentido comunitario, pues pertenece en su origen al ámbito de la comunidad familiar o tribal, lo que explica su tercer rasgo; 3) es estable, es decir, se trata de una disposición constante[2]. Así pues, jésed es una actitud que se traduce en un determinado comportamiento permanente al interior de un grupo. Se comprenderá que cualquier grupo, comunidad, sociedad en la que prime el individualismo, el egoísmo y el interés personal, terminará por desintegrarse. Por eso que la solidaridad no es un elemento secundario o decorativo, sino que es un elemento vital de cualquier grupo humano. 

El Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica “Salvifici doloris” sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, coloca la parábola del Buen Samaritano como modelo de la relación de cada cristiano con el prójimo que sufre y establece los siguientes pasos: 1º No nos está permitido pasar de largo ante el que sufre[3] sino que debemos pararnos junto a él. Buen Samaritano es toda persona que se para junto al sufrimiento de otra persona de cualquier clase que el sufrimiento sea. Ese detenerse no ha de estar motivado por la curiosidad o, peor aún, por la morbosidad sino por la disponibilidad, pues Buen Samaritano es toda persona sensible al sufrimiento ajeno, que se conmueve ante la desgracia del prójimo. 2º No basta la mera conmoción y compasión, éstas deben motivar a la acción. En definitiva, Buen Samaritano es toda persona que ofrece ayuda en el sufrimiento, ayuda que ha de ser eficaz[4]. Por esto es que es tan importante la formación, la preparación, pues no se trata de cualquier ayuda sino de una ayuda eficaz, es decir, adecuada a la situación. No basta la buena voluntad dado que con ella podemos lanzar “salvavidas de plomo”, es decir, ayudas inapropiadas que en vez de auxiliar agraven más el daño. Aquí aparecen plasmadas las características descritas del jésed

Y esta actitud es tan fundamental que según el famoso texto de Mt 25,31-46 sobre el juicio final, lo que hayamos hecho o dejado de hacer con los más pequeños, los más desprotegidos, lo hemos hecho o dejado de hacer con Cristo mismo. Esto significa que todo necesitado es un sacramento de Cristo, puesto que el texto no dice “lo que hicieron con los más pequeños es como si lo hubieran hecho conmigo” sino “lo que hicieron con los más pequeños, a mí me lo hicieron”. 

En este apretado recorrido, dejo para el final lo más importante porque es el fundamento de todo: la solidaridad de nuestro Dios. Dios nos ha creado para unirnos a Él, para invitarnos a compartir su Vida Divina; precisamente en esto consiste la salvación. Y para realizar este compartir se nos dona en la encarnación de su Hijo y en el envío del Espíritu. Sin duda, Jesús es la solidaridad en persona. Él mismo vivió la preocupación amorosa por los marginados, por los más carenciados, de los que nos habla el texto de Mateo recién mencionado. Él es el Buen Samaritano. En la pasión de Jesús, Dios se ha hecho solidario de quizá lo más profundo de la existencia humana: el sufrimiento. Y esto es lo que expresa el himno cristológico de la carta a los Filipenses: “Tengan, pues, los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2,5-8). En Jesús, Dios se ha hecho no sólo hombre, sino el último de los hombres por la muerte de cruz, para darnos esperanza y rescatarnos de nuestras miserias. Dios ha descendido a lo más bajo para que nadie, por más insignificante que sea, quede fuera de su oferta de salvación. 

Nuestra solidaridad se fundamenta y es continuación de la solidaridad de Dios para con los seres humanos. Es su imagen y semejanza. Por eso la única respuesta cristiana posible ante la pregunta divina es: “¡Sí, Señor. Yo soy el guardián de mi hermano!” 

 


[1] Es por esto que yo insisto tanto en el amor que los padres tenemos a nuestros hijos, dado que siempre que se habla de amor a los hijos se menciona en exclusiva a las madres, lo que me parece una tremenda injusticia. Hay una hermosa canción de Los Fabulosos Cadillacs llamada “Vos sabés” sobre este tema y que en una parte dice: “El amor de un padre a un hijo, no se puede comparar. Es mucho más que todo. Vos sabés”. 

[2] Cf. J.L. Sicre, “Con los pobres de la tierra”. La justicia social en los profetas de Israel, Cristiandad, Madrid 1984. 

[3] Esta parábola nos muestra que tenemos que hacernos prójimo del que sufre. El criterio es el sufrimiento, no si pertenece a nuestro país, religión, ideología, partido político o equipo de fútbol. 

[4] Cf. Juan Pablo II, Salvifici doloris, 28.

Una respuesta a ¡¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?!

  1. “Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: ‘misericordia quiero, que no sacrificio’, no condenaríasis a los que no tienen culpa” (Mateo 12, 7).

    LA CALIDAD DE LAS OFRENDAS. Vemos que en Caín y Abel, hay una diametral diferencia en la calidad de las ofrendas. Caín se siente seguro y con el derecho, por ser el primogénito, ese es su único mérito para tener la predilección de Dios.
    Cuando ve amenazada su estructura mental, la percepción de si mismo en su relación con Dios, entra en pánico e indignación y replegado hacia si mismo completa su fatal ofrenda con el sacrificio de su propio hermano.
    Lo mismo ocurre con los hermanos en la parabola del Hijo Pródigo. Si bien, el hijo menor, se portó mal, su ofrenda de arrepentimiento y vuelta sincera y humilde al Padre le reestablece su dignidad.
    Y ocurre que el hijo mayor, también se cree merecedor de la predilección de Dios por ser el mayor y se limita a hacer lo “formalmente” correcto: cumplir la Ley. Tembién entra en indignación y rechaza el perdón del padre.

    No hay ofrenda más pobre que la soberbia, no hay ofrenda más maldita y fatal, que la insolidaridad que nos repliega y nos hace “hijos mayores” , con sed de venganza y condena.

    Jesús a bajado a recogernos hasta las más terribles miserias para levantarnos a todos y llevarnos de vuelta a Dios. El acto solidario más grande de la historia, debe ser fundamento y alimento, inspiración y referencia constante a la hora de presentar nuestras propias ofrendas.
    La gran ofrenda de Dios mismo en su Hijo Amado, es directriz para la ofrenda diaria de servicio al prójimo, que nos compromete y nos permita responder por la vida de nuestro hermano. Responder, significa, dar respuesta, ser responsable y guarda de nuestros hermanos.
    La ofrenda es la respuesta a Dios y no una pregunta que es deuda, sangre derramada que grita y clama a Dios por la falta de solidaridad.

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