Dios Hijo: Amor-Amado

En el número anterior aparecía Dios-Padre como fuente de donde brota el amor, como Amor-Amante. El Padre es Amor que se da, pero para que esa donación no caiga en el vacío, tiene que haber alguien que lo reciba: ése es el Hijo.

Si el Padre es Padre porque da su ser (y su ser es amor), el Hijo es Hijo porque todo su ser lo recibe del Padre. Por eso que el Padre es el amor en cuanto dado (Amor-Amante) y el Hijo es el Amor en cuanto recibido (Amor-Amado). Este proceso eterno en el que el Padre da su ser al Hijo es lo que se conoce como generación: el Padre engendra al Hijo. Desde siempre y para siempre el Padre entrega su ser al Hijo, y desde siempre y para siempre el Hijo recibe y acoge su ser del Padre. Por eso que el Hijo es engendrado pero no creado, pues crear implica que en un momento algo o alguien no fue y luego empezó a ser. Digamos que el Hijo siempre está naciendo, saliendo “del seno del Padre”.

El Hijo es pura y permanente acogida del “ser-amor” que el Padre le entrega. El Hijo existe en su pura receptividad. Por esto, aceptar el amor no es menos personalizante que dar el amor; dejarse amar es amor no menos que amar: ¡El Hijo nos muestra que también el recibir es divino! Además, nosotros conocemos por experiencia propia lo doloroso que es el amor rechazado.

Ahora bien, hasta el momento he hablado del Hijo, llamado también Verbo o Logos, no he mencionado todavía a Jesús. El Hijo, Verbo o Logos ha existido desde siempre, Jesús no. En un momento de la historia, gracias a un designio salvífico del Padre y por obra del Espíritu Santo, el Hijo se encarna en el seno de María. Así el Hijo asume la naturaleza humana y entra en la historia. Jesús de Nazaret es el Hijo encarnado de Dios. Jesús es Dios humanado. Dios hecho ser humano. El Creador por amor a su creación se convierte en su opuesto: en creatura. El Hijo, al hacerse ser humano, renunció a ciertas prerrogativas divinas como el poder y la gloria que poseía como tal y que podían haberse manifestado en su humanidad, tal como aparece en el precioso himno cristológico de la carta a los Filipenses (2,6-11): “El cual, siendo de condición divina, no consideró codiciable el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (vv. 6-8). A este “despojarse” es lo que en teología se le llama “kénosis”: al encarnarse Dios se “abaja”. Y hay una kénosis doble: 1ª Dios en la persona del Hijo se hace hombre, se abaja a la condición humana; y 2ª se hace el último de los hombres al padecer una muerte de cruz. De lo más alto, Dios desciende a lo más bajo, de tal forma que hasta el último de los seres humanos tenga abierta la posibilidad cierta de la salvación.

Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, sigue recibiendo su ser del Padre y aceptando su amor. Por eso es que puede afirmar: “Mi alimento consiste en hacer la voluntad del que me envió hasta que lleve a término su obra de salvación” (Jn 4,34; cf. 8,29; 15,10; etc.). Él no existe para sí sino para el Padre y para los seres humanos a los que el Padre los ha enviado. Él anuncia el Reinado de Dios por el que se juega la vida entera. El reino es la opción fundamental del Nazareno, la causa de su vida y de su muerte.

La relación inmediata, continua e irrepetible con el Padre, la conciencia filial, única y exclusiva, revelada especialmente en el misterio del Abbá, marcan toda su existencia, hasta la hora suprema de la cruz: “¡Abbá, (papá)! Todo te es posible. Aparta de mí este cáliz de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mc 14,36).

Esta íntima unión que hay entre Jesús y su Padre hace que Jesús sea el que nos muestra al Padre, la manifestación o epifanía del Padre. Jesús pertenece al mismo tiempo al mundo de Dios y a nuestro mundo. Él es el lugar de encuentro y de mutua acogida entre Dios y los seres humanos. En él se hace presente para nosotros el favor divino (= gracia) en su absoluta gratuidad de amor que procede de lo alto y que tiende a llevarnos hacia arriba. Del Verbo hecho carne “lleno de gracia y de verdad … hemos recibido gracia en abundancia” (Jn 1,14.16). Por eso la Iglesia naciente puede decir: “¡La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en el Espíritu Santo, están con todos ustedes!” (2Co 13,13).

Una respuesta a Dios Hijo: Amor-Amado

  1. El abajamiento de Dios, si bien en Jesús histórico llega al límite en una muerte en cruz, en su cuerpo glorioso no deja de sorprenderme el que se abaje aún más… sería la tercera forma o nivel de abajamiento… ya ni siquiera ser criatura, sino una cosa inerte, mínima, y vulgar y que encima se coma y quede reducida a nada en el proceso digestivo. En ese estado ha elegido hacerse Gracia que nos alimenta para llevarnos al Padre.
    Es por eso que nos corresponde hacer como Jesús, su Hijo unigénito… alimentarnos de la voluntad de ese Padre, papito querido, nuestro alimento es hacer la voluntad de Dios, nuestro Padre. Ser amado que acoge al amor-amante.

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