Construir el Reinado de Dios: fórmula contradictoria e inadecuada

Existe consenso entre los especialistas en que el núcleo de la actividad de Jesús lo constituyó su anuncio de la βασιλεία του̃ θεου̃. Parte del título de este congreso muestra que tal consenso se desvanece a la hora de precisar cuál es el contenido de tal formulación. Adelantando el resultado de lo que voy a exponer, pienso que en el título hay un error de base que expreso con palabras de dos reconocidos especialistas. Rudolf Schnackenburg ha dicho: “Hay ciertos modos de expresarse, hoy día muy extendidos, que no han aflorado de los labios de Jesús: por ejemplo, ‘edificar [construir] el reino de Dios’, ‘colaborar en él’, ‘ayudar a conquistarlo’ y otros por el estilo”[1]. Y en palabras más quemantes o “enronchadoras” de Karl Barth: “donde el reino es visto… como en construcción… no se trata del reino de Dios, sino de la torre de Babel”[2]; por lo que el título que yo hubiera puesto habría sido “Los excluidos y la proclamación del Reinado de Dios” o “Los excluidos y la manifestación del Reino de Dios”.

Consideraciones a partir de nuestro lenguaje

1ª No utilizamos el término “reino” en sentido absoluto sino siempre relativo, con complemento de nombre: reino de NN. Si el complemento de nombre no se menciona, como es el caso del título de este Congreso, es porque está implícito.

2ª En nuestro tema, la formulación es reino o reinado de Dios, es decir, sea cual sea el término que escojamos (reino o reinado) y el contenido que le demos, es de Dios, cuestión que, al parecer, con frecuencia y alegremente pasamos por alto.

3ª Si pensamos en reinos humanos ¿se acostumbra a decir “la construcción del reino de Francia” o “la construcción del reino de Israel”? Pareciera que no, lo que nos indica que incluso cuando hablamos de reino entendido como “territorio o Estado con sus habitantes sujetos a un rey”[3] el término “construcción” no se usa porque no calza.

4ª Una casa se construye. No decimos que una casa se realiza, se manifiesta o se hace presente. Sí se predica esto del reino. Por tanto, es tan absurdo decir que una casa se realiza como que el reino se construye.

De lo dicho anteriormente se podría concluir que la expresión “construcción del Reino de Dios” contiene una contradictio in terminis, con lo que estaría en condiciones de terminar esta exposición pues la inadecuación del término “construcción” ya ha sido probada. Pero para no terminar tan abruptamente entremos a la Biblia.

La βασιλεία του̃ θεου̃

De partida se presentan problemas de traducción pues el término βασιλεία en el griego del NT, como en el griego profano, tiene tres sentidos: 1) realeza; 2) reino; y 3) reinado[4]. Fundamentalmente el significado oscila entre un sentido funcional, que se puede traducir por reinado y que abarca los significados de soberanía real, monarquía, dignidad real, oficio de rey; y un sentido geográfico, que se puede traducir por reino y que denota el sentido de “dominios de la corona”. Ambos matices están presentes en el NT[5].

En el AT, “reino de Dios” es una formulación relativamente tardía de la afirmación verbal “Yahvé reina”, por lo que no designa en primer lugar un reino en cuanto territorio gobernado por Dios, sino la soberanía actual de Dios en la historia[6], su acción de gobierno, “la imposición y reconocimiento del señorío de Dios en la historia”[7]. Es evidente, entonces, que en el AT reino de Dios significa su reinar, el ejercicio de su potestad real. Y si el reino es una acción, las acciones se realizan, se ejecutan, no se construyen[8]. Lo que nos lleva a la estrictamente lógica y, para algunos devastadora, conclusión que ni siquiera Dios construye su propio reino.

Según Jesús

En Jesús se encuentran enunciados tanto presentes como futuros sobre el reino de Dios. En el famoso logion de Lc 11,20 sobre “el dedo de Dios”, Jesús entiende sus exorcismos como un alborear del reino de Dios.

En Lc 17,21 otro logion de Jesús dice que el reino “está en medio de ustedes” o “a disposición de ustedes”. Este logion “rechaza las especulaciones acerca de los tiempos y rechaza también la idea de que el RD pueda localizarse en un sitio determinado”[9].

La terminología utilizada por Jesús muestra con claridad que él se preocupa por “el alborear presente del RD escatológico y cósmico, que llega del más allá y que es creado por Dios mismo”[10]. Esto significa que los dichos de Jesús expresan la dimensión escatológica del Reino de Dios pero que empieza a hacerse presente en su ahora, lo que constituye una novedad absoluta: “En lo que concierne a su mundo ambiente, Jesús es «el único judío antiguo, conocido por nosotros», que anunció «que el tiempo nuevo de la salvación había comenzado ya»”[11].

Otra inmensa novedad de Jesús, aparte de la vinculación que hace del reino con su propia misión, es la interpretación que hace del Reino, es decir, de la soberanía de Dios en términos de misericordia, esto es, como “amor ilimitado e infinito de Dios principalmente hacia los menospreciados y marginados de Israel, hacia los pobres, las mujeres, los pecadores, los samaritanos,[12] los niños, etc. Jesús ofreció la salvación de Dios gratuitamente a todos los marginados por la religión de su época, motivo de inmenso escándalo[13]. En esta perspectiva del reino como irrupción del amor gratuito e incondicional de Dios hay que entender los exorcismos y curaciones de Jesús[14].

En Jesús, entonces, empieza a actuar más bien el reinado de Dios, “pero ahora sólo es el comienzo, en la pobreza y debilidad (Mc 4,30-32); sin embargo en esta pobreza está encerrada la grandeza del futuro, que no fallará, porque Dios es el protagonista (Mc 4,26-29)”[15]. Esta parábola muestra con claridad meridiana que quien ejecuta la acción de reinar es en exclusiva Dios, puesto que el grano que un hombre ha echado en la tierra “germina y crece sin que él sepa cómo”. No importa si se levanta o si sigue durmiendo.

La misma idea está presente en las así llamadas parábolas del crecimiento (semilla de mostaza y levadura) y en la del sembrador. En esta última el reino crece a pesar del rechazo humano: 75% que se pierde y 25% que hiper fructifica. El reino crece secretamente por el poder de Dios: “Con el reino de Dios ocurre como con un grano de mostaza, la más pequeña e insignificante de todas las semillas, que acaba convirtiéndose en un gran árbol (cf. Mc 4,30-32 par) o como con un poco de levadura, que basta para hacer fermentar tres medidas de harina (cf. Mt 13,33). Lo mayor de todo está oculto y actuando en lo más pequeño. De la misma manera llega el reino de Dios en lo oculto y hasta mediante el fracaso… El lector y oyente moderno de estas parábolas piensa en un crecimiento orgánico; sin embargo, la idea de un desarrollo natural le era extraña al hombre antiguo. Entre la simiente y el fruto no veía un desarrollo continuo, sino el contraste, reconociendo en ello el milagro de Dios”[16].

La expresión reino de Dios, por tanto, indica que él es el sujeto que realiza esta acción. Es Dios quien lo promete (Mc 1,14), lo revela (Mc 4,11), lo realiza (Mc 4,26-29) y dispone de él (Mc 10,40)[17].

Nuestra “acción”

Las parábolas del tesoro y la perla indican que la entrega humana es la respuesta adecuada a la acción de Dios. Se trata entonces de acoger la acción misericordiosa y salvífica de Dios. Aquí hay otro error bastante difundido: pensar que recibir implica sólo pasividad. El recibir no implica exclusivamente pasividad, también actividad: prepararse para recibir de la mejor forma posible. Un aparato de radio antes de ser transmisor es receptor y la calidad de su transmisión es directamente proporcional a la de su recepción.

En Mc 1,15 aparece tanto la acción divina como la humana: “El tiempo se ha cumplido. El reino de Dios está llegando. Conviértanse y crean en el evangelio”. La colaboración que se le pide al hombre consiste en dejarse gobernar y transformar por Dios, consiste en conversión y fe, en reconocer la pobreza radical y entregarse a Jesús y a su obra[18]: “Afirmar que el reinado de Dios es obra exclusiva de Dios y que trae la salvación al mundo no significa que la acción de Dios coarte la acción humana; la llegada del reinado de Dios promueve, posibilita y libera la acción humana. Esto no quiere decir que nosotros podamos planificar, elaborar, construir el reinado de Dios. Es una obra de Dios. Pero como obra de Dios en favor de los hombres, no deja de lado a éstos. Por eso la llegada concreta del reinado de Dios va unida a la conversión y la fe. La respuesta del hombre es un elemento constitutivo de la llegada del reino de Dios. No penetraría en nuestra historia si no llegara a los corazones, lo cual implica la libertad de la fe. Así, el reinado de Dios es todo él acción de Dios y acción del hombre. Mas no es una acción violenta; llega cuando el hombre acepta el don y se da a sí mismo en don”[19].

De nosotros depende ser buena tierra para que la semilla del reino fructifique gracias a la δύναμις divina (cf. Mt 13,3-9). El reino “debemos pedirlo, acogerlo, hacerlo crecer dentro de nosotros; pero también debemos cooperar para que el Reino sea acogido y crezca entre los hombres, hasta que Cristo ” entregue a Dios Padre el Reino ” y ” Dios sea todo en todo ” (1 Cor 15, 24.28)”[20].



[1] Rudolf Schnackenburg, Reino y reinado de Dios, Fax, Madrid 1967, p. 74. Original alemán Gottes Herrschaft und Reich. Eine biblisch-theologische Studie, Herder Verlag, Freiburg, Basel & Wien 1959.

[2] Citado por Helmut Gollwitzer, La revolución del Reino de Dios y la sociedad, en: Selecciones de Teología 38 (1971) 152. Esta nota y la anterior han sido tomadas de “Presente y futuro del Reino de Dios”, http://www.mercaba.org/FICHAS/Reino_de_Dios/RD_presente_y_futuro.htm. Consultado el 14-08-2008.

[3] Voz “reino” Diccionario de la Real Academia Española.

[4] Cf. Jesús Peláez, Jesús y el reino de Dios. Las comunidades primitivas. El judeo-cristianismo, en: Antonio Piñero (ed.), Orígenes del Cristianismo. Antecedentes y primeros pasos, El Almendro, Córdoba 1991, p. 261.

[5] Cf. Horst Balz/Gerhard Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento. Vol. I, Sígueme, Salamanca 1996, col. 602.

[6] Cf. Walter Kasper, El Dios de Jesucristo, Sígueme, Salamanca 1990, p. 197.

[7] Id., Jesús, el Cristo, Sígueme, Salamanca 81992, p. 90.

[8] Hay una acción que es construir, pero la acción de construir no la construyo, la ejecuto.

[9] Horst Balz/Gerhard Schneider, op.cit., col. 604.

[10] Ibíd., col. 605.

[11] D. Flusser, Jesus, p. 87 citado por Joachim Jeremias, Teología del Nuevo Testamento, vol. I, Sígueme, Salamanca 1993, p.132.

[12] Horst Balz/Gerhard Schneider, op.cit., col. 606.

[13] Cf. Jeremias, op.cit., págs. 133-138.

[14] Cf. Ibíd., cols. 606-607.

[15] Rafael Aguirre/Antonio Rodríguez, Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles, Verbo Divino, Estella (Navarra) 2002, p. 137.

[16] Walter Kasper, Jesús, el Cristo, Sígueme, Salamanca 81992, p. 91.

[17] Cf. Ibíd.

[18] Cf. Ibíd., p. 138.

[19] Walter Kasper, El Dios de Jesucristo, Sígueme, Salamanca 1990, p. 198.

[20] Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 20.

Una respuesta a Construir el Reinado de Dios: fórmula contradictoria e inadecuada

  1. Me conmueve la delicadeza de Dios, al querer que el hombre sea tierra donde plantar la semilla de su Reino.
    Si acepto ser tierra para que germine, inevitablemente crecerá y se extenderá, sin que yo sepa cómo y cuándo sucede esto… es un milagro, porque no somos capaces de ver con claridad el proceso, sino que vemos el contraste entre lo que fue y en lo que termina.
    Participar del Reino con mi voluntad de ser tierra que acoge la semilla es la experiencia constante de conversión a la que San Juan Bautista, Jesús y luego los apóstoles y evangelistas invitan al hombre en la historia hasta nuestros días con la acción del Espíritu Santo.
    En el momento en que acepto ser tierra, el Reino ya es una realidad, aunque aún sea promesa, un concepto único y novedoso que incluso hoy resulta desconcertante para este nuevo hombre dotado de conocimiento y ciencia.
    Dónde radica la aceptación de esta realidad tan fuera de serie y desconcertante: en la fe y la humildad de quien se sabe amado por su creador que lo busca incansablemente y lo trae de vuelta a casa.

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