Semana Santa: máxima expresión de la paradoja cristiana

En mi última colaboración (Diciembre 2007) me refería a la fiesta de la Epifanía como manifestación de la paradoja cristiana. Nuevamente trato el tema de la paradoja cristiana, pero ¿qué es paradoja? El Diccionario de la Real Academia Española (www.rae.es) trae tres acepciones de las que utilizaré dos: 1) Idea extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de las personas; y 2) Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción. Mira al avaro, en sus riquezas, pobre. Claro, evidentemente un rico pobre es una tremenda paradoja. La multimillonaria Christina Onassis (hija del magnate griego Aristóteles Onassis) tuvo una vida bastante desgraciada que terminó en suicidio. Ella acostumbraba a decir “soy tan pobre que lo único que tengo es dinero”, paradoja formidable pues su fortuna superaba los 1.000 millones de dólares, que por muy bajo que esté el dólar no deja de ser una suma inimaginable.

A la paradoja le es esencial alguna forma de contradicción, de oposición. Es un atentado, en mayor o menor grado, a la lógica. La “lógica” divina es “paradójica” en relación a la “lógica humana”. Y este concepto de paradoja es tremendamente iluminador para comprender al Dios que se nos revela en el Antiguo y Nuevo Testamentos. Un ejemplo magnífico, entre muchos, lo encontramos en la unción secreta de David como rey de Israel que hace el profeta Samuel (ver 1Sam 16,1-13). Llegado Samuel a la casa de Jesé, padre de David, vio a uno de los hijos de Jesé y se dijo “seguramente éste es el ungido de Yahvé” (v. 6), pero Dios le dijo: “No te fijes en su aspecto ni en su gran estatura, que yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero Yahvé ve el corazón” (v. 7). Pasaron todos los hijos de Jesé que estaban allí ante Samuel y ninguno era el escogido por Dios. “Entonces Samuel preguntó a Jesé: ¿Son éstos todos tus muchachos? Él contestó: Falta el más pequeño que está pastoreando el rebaño” (v. 11). Y el más pequeño, ése que ni siquiera su padre había considerado, ése era el elegido. Todo lo contrario a nuestra lógica.

En el Nuevo Testamento, la esencia de la paradoja cristiana aparece expresada sucinta pero profundamente en el himno cristológico de Flp 2,6-11. En él la paradoja es presentada en tres niveles de progresiva profundización. En el primer nivel se encuentra la paradoja de la encarnación: Dios se hace hombre. Estamos tan acostumbrados a esta realidad que no nos damos cuenta la contradicción que hay en el hecho de que el creador se convierta en criatura. Dios se convierte en su opuesto, un opuesto que es mucho menos de lo que Él es… por amor. Y en el segundo nivel, no sólo se hace hombre, sino que se hace el último de los hombres al experimentar la humillación de la muerte en cruz. Este abajamiento de Dios, este “hacerse menos” es lo que en teología se conoce con el nombre de kénosis. Y, tercer nivel, es justamente este humillado, despojado, fracasado el que es resucitado y exaltado por Dios. ¡Vaya paradoja!

Esto es lo que nos muestra Semana Santa: Dios salva, da vida, donde humanamente todo está perdido: el resucitado es el crucificado. El camino cristiano, entonces, no es el de la acumulación de títulos y honores, sino el del despojo en el servicio humilde y vigoroso hacia los más necesitados, en obediencia irrestricta a la voluntad de Dios, tal como nos lo ha mostrado Jesús de Nazaret, quien des-viviéndose por los demás alcanzó la vida definitiva.

 

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