La Misa como “Lectio divina”

 

La Biblia es una de las mediaciones privilegiadas para el encuentro con Jesucristo[1] y un método para leerla fructuosamente muy antiguo y que se ha ido imponiendo en amplios sectores de la Iglesia con mucha fuerza es el de la Lectio divina o lectura orante de la Sagrada Escritura. Como nos dicen los obispos chilenos: “No se trata… de un método para estudiar la Biblia, sino para entrar en familiar y cariñosa comunión con la Palabra, dialogar con Dios y vivir en su presencia. Por esto mismo tiene que transformarse en una instancia habitual de la pastoral ordinaria”[2].

 

La Eucaristía o, mejor dicho, la Celebración Eucarística, puede ser mal entendida y reducida sólo a la consagración y a la entrega de la comunión cuando, en realidad, es una gran unidad que siempre incluyó la lectura y reflexión de la Sagrada Escritura: “La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Liturgia” (Dei Verbum 21). Los obispos nos recuerdan esta íntima vinculación al afirmar que: “La celebración eucarística de la Iglesia es el lugar apropiado para que la Sagrada Escritura se vuelva mediación de diálogo con Dios, pues no sólo se actualiza el mensaje divino, sino que se entra en comunión íntima con su Mensajero, Jesucristo”[3]. Y también: “El momento más propicio para proclamar la Palabra y acogerla como don de la Cabeza es la celebración de la Eucaristía donde la Iglesia y cada uno de sus miembros se abren a la acción fecunda del Espíritu Santo, el mismo que inspiró la Sagrada Escritura”[4]. Si bien es cierto que en cada celebración eucarística no se puede hacer una lectio divina completa en el momento de la homilía, sí es posible entender la misa como una gran lectio distribuyendo e identificando sus cuatro pasos con determinados momentos de la eucaristía, momentos que el sacerdote debería ir indicando a lo largo de la liturgia.

Esos cuatro pasos son: 1) leer; 2) meditar; 3) orar; y 4) contemplar/actuar, los que paso a explicar y a aplicar brevemente.

1) Leer: se trata de leer o escuchar con atención el texto bíblico para responder a la pregunta “¿qué nos (me) dice el texto bíblico? Busca por tanto descubrir el mensaje del texto, dicho de otra forma, detectar los sentidos genuinos del texto, el mensaje que el autor quiso transmitir. Para este paso es fundamental una buena proclamación de las lecturas, una escucha atenta de las mismas y, de forma muy especial, la ayuda y guía que debe prestar el sacerdote o ministro de la Palabra por medio de su homilía para descubrir estos sentidos. Los obispos nos dicen: “Se proclama lo que Dios dice cuando el ministro… interpreta los sentidos genuinos de la historia de la salvación contenida en los textos bíblicos y los actualiza a la vida concreta de la asamblea reunida”[5]. Y nos recuerdan derechos y deberes: “Los fieles laicos… tienen el derecho a homilías bien preparadas que susciten el cariño a y la escucha de la Palabra de Dios”[6]. Además, no hay que olvidar que muchos católicos sólo tienen contacto con la Biblia en la misa dominical, por lo tanto, los ministros de la Palabra no deben desperdiciar esta oportunidad única.

2) Meditar: descubierto el mensaje que el texto sagrado transmite, el paso siguiente es ver cómo ese sentido nos afecta como comunidad y personalmente. Aquí se busca responder la pregunta “¿qué nos (me) dice el Señor con su Palabra?” La homilía es el lugar también donde el ministro de la Palabra debe ayudar a la comunidad a actualizar el sentido de los textos bíblicos en la vida concreta de la asamblea reunida[7].

3) Oración: lo que el Señor nos ha dicho nos lleva a responderle y por eso aquí la pregunta correspondiente es “¿qué le decimos (digo) al Señor movidos por su Palabra?” para lo cual es especialmente apto el momento de la oración de los fieles, en el que en forma pública, si se puede y se quiere, o en silencio podemos responderle al Señor. Así escuchando lo que Él nos dice y respondiéndole se entabla el diálogo, que es una primera instancia de comunión.

4) Contemplación/acción: este paso implica dos etapas, por una parte contemplar ese rasgo sorprendente que hemos descubierto del Señor, la pregunta sería “¿qué nos ha sorprendido y seducido de Dios Padre y de Jesús en los textos? El momento para la contemplación es el posterior a la comunión, en él podemos degustar y profundizar con tranquilidad a Jesús sacramentado desde la perspectiva de lo que de él hemos descubierto en los pasos anteriores de la lectio. Y, por último, lo que hemos contemplado nos tiene que transformar e impulsar a comunicarlo, la pregunta es “¿a qué conversión y acciones nos (me) invita el Señor?”, que es el programa que deberíamos tener para el resto de la semana y que está presente en el envío que nos hace el ministro al término de la celebración con las palabras “pueden ir en paz, la misa ha terminado”. La conversión constante es el motor para transformar el mundo de acuerdo a la voluntad de Dios.

La escucha y contemplación de Jesús nos convierte en discípulos y nos transforma en misioneros.



[1] Cf. Conferencia Episcopal, Orientaciones para la Animación Bíblica de la Pastoral (en adelante OOABP) n.7; Documento de Aparecida (en adelante DA) n. 247.

[2] OOABP n. 95.

[3] OOABP n. 81.

[4] OOABP n. 123.

[5] OOABP n. 83.

[6] OOABP n. 84.

[7] Cf. OOABP n. 83.

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