Sacerdocio y celibato

14 junio, 2014

ImagenGran revuelo han provocado en los últimos días las palabras del Papa Francisco sobre que el celibato no es un dogma de fe sino una práctica disciplinaria de la Iglesia de rito latino, por lo que podría ser cambiada. Tales declaraciones han producido, además, interpretaciones erróneas en el sentido de que a los sacerdotes se les podría permitir casarse o que hay otros ritos católicos, como los orientales, en que hay sacerdotes casados. Para definir el término, célibe significa no casado.
En realidad, en estricto sentido no hay sacerdotes en ejercicio que se hayan casado. Digo, “en ejercicio”, porque muchos conocemos sacerdotes que sí se han casado, pero para ello han abandonado el ministerio sacerdotal. Lo que hay, tanto en los otros ritos de la Iglesia Católica como en las Iglesias Ortodoxas no católicas, son hombres casados que posteriormente han sido ordenados como sacerdotes. En tales ritos e Iglesias, hay hombres célibes, normalmente monjes, y hombres ya casados que han recibido el sacerdocio y en ellos no hay ningún hombre casado que haya sea Obispo. El episcopado está reservado a los sacerdotes célibes que provienen del monacato. Cada uno debe quedarse en el estado en que estaba cuando recibió la ordenación sacerdotal. Si la recibió célibe, ha de seguir célibe; si casado, ha de seguir casado. Desde esta perspectiva, lo que nosotros, en el rito latino, tenemos como más cercano a esa realidad, es la figura de diáconos permanentes, esto es, hombres casados que son llamados por la Iglesia Católica al diaconado. Pero, si alguno de ellos enviuda, no puede contraer segundas nupcias.
Quisiera también aclararles especialmente a todos quienes tienen la costumbre de achacar todo lo que pareciera restringir la libertad o la naturaleza a la Iglesia Católica, que el celibato es un valor altamente apreciado por grandes religiones milenarias, como se puede ver en los hombre santos hindúes y en el monacato tanto hindú como budista. También se vivió el celibato en una corriente importante de la rama judía de los esenios.

Efectivamente, el estilo de vida célibe en el catolicismo no es un dogma sino una disciplina establecida por la Iglesia que se inspira en el ejemplo de Jesucristo, quién no se casó, y en sus propias palabras: “Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que fueron hechos tales por los hombres, y hay eunucos por el Reino de los Cielos” (Mateo 9,12). El celibato es un estado que le permite tanto al sacerdote como a cualquiera que es célibe, volcarse con todo su ser, con todas sus energías, con un corazón indiviso a servir el Reino de Dios, servicio que se manifiesta en la lucha por la justicia, en hacer llegar la preocupación solícita y amorosa de Dios Padre a quienes más la necesitan, a los más carenciados, a los solos, a los pobres, a los niños indefensos en gestación en los vientres de sus madres, a los pobres, a los ancianos abandonados y a un largo etcétera. Por eso, pienso, junto a muchos otros, que el celibato es un don de Dios a la Iglesia, que ha de conservarse. Esto no significa cerrar la puerta a la posibilidad de ordenar como sacerdotes a hombres casados. Ambas alternativas no son excluyentes, pueden coexistir perfectamente.


Sábado Santo: Jesús muerto entre los muertos

23 abril, 2014

sepulturaA los creyentes nos cuesta reflexionar en el Sábado Santo, está como un paréntesis incómodo entre la crucifixión de Jesús del Viernes Santo y su resurrección el Domingo de Resurrección. Como para alejarnos de esa incomodidad, empezamos a retroproyectar en el sábado lo acontecido el domingo para que no quede vacío. El Sábado Santo no puede ser sino incómodo y casi pavoroso, porque Jesús está muerto y Dios en silencio. Es la pavorosa experiencia de la ausencia de Dios.
Jesús podría haber muerto, de la forma horrible en que lo hizo, y haber sido inmediatamente vuelto a la vida, así como mágicamente, constituyendo así el final feliz de un cuento, el happy end de una película. Pero el Papa Francisco, en su catequesis del miércoles pasado (16 de Abril, 2014), nos ha dicho que la resurrección no es eso. No hay resurrección si no hay verdadera muerte.
Ante la muerte, de seres queridos por ejemplo, nos detenemos. Y ella nos detiene a nosotros cuando nos llega. Por tanto, es apropiado detenernos para pensar en la muerte de Jesús.
Para quienes creemos en Cristo, él es el Hijo de Dios encarnado, la mayor expresión del amor de Dios que, humanado, se ha hecho solidario con nosotros hasta el final, hasta las últimas consecuencias, lo que significa que si en su existencia terrena fue solidario de los vivos, en su tumba se hace solidario con los muertos. ¿Y qué es lo más propio de la muerte? La incapacidad de comunicarse, la exclusión del amor y de la comunidad; en una palabra, la soledad. La muerte se puede considerar como el aislamiento total. El Hijo de Dios encarnado también experimentó esa soledad, pues sufrió real y plenamente nuestra muerte humana con todo lo que ella significa y abarca. Jesús, precisamente por su experiencia totalmente única de intimidad con Dios, sufrió el aislamiento de la muerte y la consecuente lejanía de Dios con más hondura y radicalidad que nadie. Jesús, al experimentar radicalmente la soledad de la muerte, solidariza con esa soledad, con su soledad acompaña nuestra soledad, preciosa paradoja que se convertirá en el punto de inflexión, pues rompe la soledad desde dentro. Sufre la soledad para rescatarnos de ella, tanto en las soledades de nuestra vida como en la soledad de nuestra muerte. Porque Dios es la omnipotencia del amor, puede realizar la impotencia del amor. Puede experimentar el sufrimiento y la muerte sin sucumbir a ellos. Sólo así puede redimir nuestra muerte mediante la suya.
En Jesús, Dios por amor ha descendido hasta lo más profundo de la condición humana, el aislamiento total y la impotencia radical de la muerte, para acompañarnos en ella y rescatarnos de ella.
A partir de su muerte ya nadie más muere completamente solo.


¿Dónde estaba Dios?

13 agosto, 2013

Cruz DalíMuchísimos creyentes se hicieron esta pregunta durante la catástrofe y seguramente se la han repetido en este aniversario. Los mismo “Jaivas”, que experimentaron esta catástrofe en carne propia, pudieron haber interpretado en su actuació conmemorativa en Talcahuano su tema “¿Dónde estabas tú?”, dirigiendo esta pregunta a Dios y adecuando la letra a las circunstancias.

Para intentar responderla voy a recurrir a un pasaje escalofriante escrito por el judío Elie Wiesel, sobreviviente del campo  de exterminio de Auschwitz-Birkenau, ubicado en Polonia, en su novela “La Noche”. En ella dice: “Allí, ante la huida de unos reclusos, otros tres, dos adultos y un niño, elegidos arbitrariamente, fueron condenados a ser ahorcados. Los mandos del campamento se negaron a hacer de verdugos. Tres hombres de las SS aceptaron ese papel. Tres cuellos fueron en un momento introducidos en tres lazos. ‘Viva la libertad’, gritaron los adultos. Pero el niño no dijo nada. ‘¿Dónde está Dios? ¿Dónde está?’ preguntó uno detrás de mí. Las tres sillas cayeron al suelo… Nosotros desfilamos por delante…, los dos hombres ya no vivían…, pero la tercera cuerda aún se movía…, el niño era el más liviano y todavía agonizaba retorciéndose en la horca… Detrás de mí oí que el mismo hombre preguntaba: ‘¿Dónde está Dios ahora?’ Y dentro de mí oí una voz que me respondía: ‘¿Que dónde está? Ahí está, colgado de la horca”. Sin entrar a discutir la historicidad de este relato, la pregunta es válida: ¿Dónde estaba Dios en el horror de los campos de concentración? Y aplicado a nuestra realidad: ¿Dónde estaba Dios en el terremoto y en el subsiguiente maremoto?

Para empeorar las cosas, paradójicamente en las lecturas bíblicas de la Iglesia Católica del domingo pasado, justo cuando se conmemoraba un año de la tragedia, la del Antiguo Testamento decía: “Pero dice Sión: ‘El Señor me ha abandonado, se olvidó de mí’. ¿Pero acaso una mujer olvida a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido (Isaías 49,14-15). Y el evangelio versaba sobre el abandono y confianza de la comunidad creyente en la providencia divina (Mateo 6,24-34), es decir, en la preocupación solícita de Dios por cada uno de nosotros. ¿No son estas lecturas una contradicción flagrante con la catástrofe padecida? ¿No son una burla cruel de un Dios trascendente y lejano? ¿Se tratará de un Dios sádico que se complace con el sufrimiento de los hombres y nos quiere conducir a la desesperación para deleitarse en ella?

¿Dónde estaba Dios? Para el judío Wiesel Dios estaba colgado retorciéndose en la horca. Para nosotros los cristianos, Dios está en Jesucristo colgado retorciéndose en la cruz.

En una visita pastoral que hizo Benedicto XVI al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau el 28 de Mayo del 2006, a propósito de un convento de religiosas carmelitas que hay en las cercanías, decía que ellas “conscientes de estar particularmente unidas al misterio de la cruz de Cristo, nos recuerdan la fe de los cristianos que afirma que Dios mismo ha descendido al infierno del sufrimiento y sufre juntamente con nosotros”

¿Dónde estaba Dios? Dios estaba en la cruz de Jesucristo muriendo con todos los que murieron, ahogándose con todos los que se ahogaron, sufriendo con todos los que sufrieron y aún lo hacen. Dios en Jesucristo ha hecho propio, ha incorporado el sufrimiento humano para que nunca nadie más sufra en soledad. El Dios de Jesucristo es un Dios que sufre con el ser humano, pero que no sucumbe ante el sufrimiento ni ante la muerte. No queda atrapado por ellos. Si fuera así, no podría hacer nada por nosotros. Sin embargo, vence el sufrimiento y la muerte por medio de la resurrección, triunfo que comparte con nosotros ya en esta vida. Es esta esperanza cierta en el triunfo de la vida que Dios nos regala la que nos consuela, nos anima e incluso nos alegra, pues nos permite levantarnos, reconstruirnos como seres humanos y como sociedad, y nos proporciona la capacidad de transformar los signos de muerte y destrucción en semillas de resurrección.

Columna publicada en El Sur, domingo 6 de marzo de 2011 y escrita al cumplirse un año del terremoto.


¡¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?!

3 agosto, 2010
 

Ilustración del Prof. Fredy Díaz - UCSC

Algunos textos sobre la experiencia de la (in)solidaridad en la Biblia

Como se comprenderá, dado el espacio de que se dispone, sólo es posible mencionar algunos textos bíblicos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento en los que aparece la vivencia de la solidaridad o de su contrario; esto explica el subtítulo del artículo. 

Yendo al tema, es necesario comenzar con una aclaración terminológica. El Diccionario de la Real Academia Española bajo la voz solidario, ria coloca “Adherido o asociado a la causa, empresa u opinión de alguien”; y bajo la voz solidadaridad pone “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”, lo que significa que la causa o empresa puede ser tanto buena como mala, es decir, también se habla de solidaridad en el pecado, en la maldad, como bien lo muestran los habitantes de Sodoma (ver Gén 19,1-5). Valga esta explicación tomando en cuenta que habitualmente utilizamos el término solidaridad en sentido positivo. 

El concepto de solidaridad lleva implícito la idea de unión, por lo que podríamos decir que la común unión o comunión y la solidaridad son términos prácticamente intercambiables. Y en el sentido que nosotros le damos, el término solidaridad expresa una especial identificación, preocupación y solicitud con los sufrientes, con los más desposeídos. La insolidaridad implica todo lo contrario, es decir, separación, división, egoísmo, indiferencia ante el sufrimiento ajeno, violencia ejercida contra los demás, en especial contra los más desprotegidos. 

Por otra parte, si bien es cierto que la palabra “solidaridad” no aparece en la Biblia, sí se encuentra la vivencia de la misma o de su quiebre. Desde un principio, la Biblia muestra con crudeza y de forma paradigmática, sobre todo en los primeros 11 capítulos del Génesis, conflictos y divisiones que destruyen la convivencia humana. Después de expresar la unidad fundamental de los seres humanos en dos versiones de la creación del hombre y de la mujer (Gén 1-2) aparece en Gén 3 la dramática ruptura entre el ser humano y Dios, y entre el hombre y la mujer. Cuando Dios interroga al hombre sobre su desobediencia, éste le responde culpando a la mujer y a Dios mismo al decir “la mujer que me diste por compañera me ofreció el fruto del árbol y comí” (Gén 3,12). En este culpar a la mujer no queda nada de lo que yo califico como el piropo más hermoso de la historia: “ésta es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gén 2,23). La situación se ha trastocado dramáticamente. El cambio es brusco, porque prácticamente todo el relato maravilloso del capítulo 2, se convierte en tragedia en el capítulo 3. Se rompe la unidad del ser humano con Dios y la unidad de la pareja humana. Todo esto aparece no como algo querido por Dios, sino como consecuencia del mal uso de la libertad humana, que eligió equivocadamente caminos de destrucción: quiso llegar a ser como Dios sin Dios. En este pecado de soberbia, de orgullo, consiste el pecado original. 

Pero, como si esto fuera poco, el capítulo 4 del Génesis da cuenta del asesinato entre hermanos, crimen horrible que queda plasmado en la tristemente célebre respuesta de Caín a Dios: “¡¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?!” (Gén 4,9). Frase nefasta que puede ser considerada como el lema de la insolidaridad. Contrapunto a este quiebre entre hermanos es lo que encontramos en el Sal 133(132),1: “¡Qué agradable y delicioso es que los hermanos vivan unidos!” Expresión tomada de la realidad, pues los que somos padres de varios hijos sabemos por experiencia propia que no basta que ellos sean hermanos para que se lleven bien. Es bastante común lo contrario: que los hermanos se lleven como el perro y el gato. Esta desunión aparece claramente reflejada en la actitud del hermano mayor en la famosa y mal llamada parábola del “hijo pródigo”, pues su título adecuado es el de parábola del “padre misericordioso”. Esto nos muestra que en la práctica la fraternidad es muchas veces más un anhelo que una realidad. Y aquí hay un abismo entre la fraternidad y la paternidad, porque queda demostrado que hay situaciones en las que la fraternidad no alcanza a comprender, sólo son entendidas y queridas desde la lógica (más bien “paradójica”) del corazón amante de un padre[1]

Pero, falta todavía un quiebre, y que es una especie de duplicado del relato del pecado original: el relato de la Torre de Babel (Gén 11,1-9). En él aparece que los hombres solidarizan para construir una torre que llegue al cielo. Aquí aparece nuevamente la intención de llegar al cielo, al espacio de lo divino sin Dios, a puro ñeque humano. De esta forma, en los primeros once capítulos del Génesis aparecen estos relatos que no hay que interpretarlos como históricos, pero que muestran cruda y profundamente la dolorosa realidad de la insolidaridad humana. 

Bien se podría decir que en estos capítulos encontramos una “historia de perdición” de la humanidad en cuanto que reflejan cuatro fracturas fundamentales, que experimentamos con dolor, de la existencia humana: la división con Dios, en la pareja, entre hermanos y entre pueblos. Sin embargo, cuando parece ya todo perdido, en el capítulo 12 del Génesis, surge la figura de Abraham, quien responde afirmativamente a la voluntad divina, dando inicio de esta forma a la historia de salvación de la humanidad. Esta historia se continúa en los patriarcas, en el pueblo de Israel y en el nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia. 

Como ya se ha dicho, si bien es cierto que el término solidaridad como tal no aparece en la Biblia, sin embargo en el Antiguo Testamento hay uno que se le aproxima bastante, el vocablo jésed, cuya traducción es bastante discutida, proponiéndose términos como paciencia, favor, bondad, misericordia, fidelidad, lealtad, amor. Este vocablo tiene tres aspectos constitutivos: 1) implica actividad, esto es, no es sólo un sentimiento humano sino que incluye la acción que acompaña tal sentimiento; mantiene y favorece la vida, y es compromiso con quien se encuentre afectado por una desgracia o necesidad. Es muestra de amistad o de compasión; 2) posee un sentido comunitario, pues pertenece en su origen al ámbito de la comunidad familiar o tribal, lo que explica su tercer rasgo; 3) es estable, es decir, se trata de una disposición constante[2]. Así pues, jésed es una actitud que se traduce en un determinado comportamiento permanente al interior de un grupo. Se comprenderá que cualquier grupo, comunidad, sociedad en la que prime el individualismo, el egoísmo y el interés personal, terminará por desintegrarse. Por eso que la solidaridad no es un elemento secundario o decorativo, sino que es un elemento vital de cualquier grupo humano. 

El Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica “Salvifici doloris” sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, coloca la parábola del Buen Samaritano como modelo de la relación de cada cristiano con el prójimo que sufre y establece los siguientes pasos: 1º No nos está permitido pasar de largo ante el que sufre[3] sino que debemos pararnos junto a él. Buen Samaritano es toda persona que se para junto al sufrimiento de otra persona de cualquier clase que el sufrimiento sea. Ese detenerse no ha de estar motivado por la curiosidad o, peor aún, por la morbosidad sino por la disponibilidad, pues Buen Samaritano es toda persona sensible al sufrimiento ajeno, que se conmueve ante la desgracia del prójimo. 2º No basta la mera conmoción y compasión, éstas deben motivar a la acción. En definitiva, Buen Samaritano es toda persona que ofrece ayuda en el sufrimiento, ayuda que ha de ser eficaz[4]. Por esto es que es tan importante la formación, la preparación, pues no se trata de cualquier ayuda sino de una ayuda eficaz, es decir, adecuada a la situación. No basta la buena voluntad dado que con ella podemos lanzar “salvavidas de plomo”, es decir, ayudas inapropiadas que en vez de auxiliar agraven más el daño. Aquí aparecen plasmadas las características descritas del jésed

Y esta actitud es tan fundamental que según el famoso texto de Mt 25,31-46 sobre el juicio final, lo que hayamos hecho o dejado de hacer con los más pequeños, los más desprotegidos, lo hemos hecho o dejado de hacer con Cristo mismo. Esto significa que todo necesitado es un sacramento de Cristo, puesto que el texto no dice “lo que hicieron con los más pequeños es como si lo hubieran hecho conmigo” sino “lo que hicieron con los más pequeños, a mí me lo hicieron”. 

En este apretado recorrido, dejo para el final lo más importante porque es el fundamento de todo: la solidaridad de nuestro Dios. Dios nos ha creado para unirnos a Él, para invitarnos a compartir su Vida Divina; precisamente en esto consiste la salvación. Y para realizar este compartir se nos dona en la encarnación de su Hijo y en el envío del Espíritu. Sin duda, Jesús es la solidaridad en persona. Él mismo vivió la preocupación amorosa por los marginados, por los más carenciados, de los que nos habla el texto de Mateo recién mencionado. Él es el Buen Samaritano. En la pasión de Jesús, Dios se ha hecho solidario de quizá lo más profundo de la existencia humana: el sufrimiento. Y esto es lo que expresa el himno cristológico de la carta a los Filipenses: “Tengan, pues, los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2,5-8). En Jesús, Dios se ha hecho no sólo hombre, sino el último de los hombres por la muerte de cruz, para darnos esperanza y rescatarnos de nuestras miserias. Dios ha descendido a lo más bajo para que nadie, por más insignificante que sea, quede fuera de su oferta de salvación. 

Nuestra solidaridad se fundamenta y es continuación de la solidaridad de Dios para con los seres humanos. Es su imagen y semejanza. Por eso la única respuesta cristiana posible ante la pregunta divina es: “¡Sí, Señor. Yo soy el guardián de mi hermano!” 

 


[1] Es por esto que yo insisto tanto en el amor que los padres tenemos a nuestros hijos, dado que siempre que se habla de amor a los hijos se menciona en exclusiva a las madres, lo que me parece una tremenda injusticia. Hay una hermosa canción de Los Fabulosos Cadillacs llamada “Vos sabés” sobre este tema y que en una parte dice: “El amor de un padre a un hijo, no se puede comparar. Es mucho más que todo. Vos sabés”. 

[2] Cf. J.L. Sicre, “Con los pobres de la tierra”. La justicia social en los profetas de Israel, Cristiandad, Madrid 1984. 

[3] Esta parábola nos muestra que tenemos que hacernos prójimo del que sufre. El criterio es el sufrimiento, no si pertenece a nuestro país, religión, ideología, partido político o equipo de fútbol. 

[4] Cf. Juan Pablo II, Salvifici doloris, 28.


El poder de la cruz

12 marzo, 2010

Sin duda el título representa una afirmación paradójica, puesto que uno muy bien podría y más bien debe preguntarse cómo es posible afirmar que un instrumento de humillación y despojo tenga algo de poder. Sin embargo, nosotros los cristianos creemos que en la cruz de Jesús encontramos salvación. Examinemos algunos aspectos que nos ayudarán a entender este tema, sobre todo en esta época en que nuestro país ha sido azotado por las terribles catástrofes naturales que hemos experimentado.

1º Desde la perspectiva histórica “la crucifixión pasaba no sólo por especialmente cruel, sino también por una pena sumamente infamante. Cuando los romanos imponían a guerrilleros independentistas esta pena de muerte propia de esclavos, equivalía a una burla cruel. Cicerón[1] escribe: ‘La idea de la cruz tiene que mantenerse alejada no sólo del cuerpo de los ciudadanos romanos, sino hasta de sus pensamientos, ojos y oídos’. Entre gente bien ni siquiera se podía hablar de una muerte tan denigrante”[2]. Todo crucificado era un sufriente despreciado. Por lo tanto, Dios, en Jesucristo, desciende hasta lo más bajo y despreciable de lo humano: la crucifixión.

2º Pero… ¿por qué y para qué hace eso que es tan poco digno de un Dios? La respuesta al por qué es el amor insondable e irrefrenable de Dios por el ser humano, amor que se entiende cuando uno comprende el para qué.

La respuesta al para qué es doble. Por una parte, para acompañarnos en algo que es tan propio de la existencia humana: el sufrimiento, el dolor. Por la cruz de Cristo ya nadie está solo en su sufrimiento por grande que éste sea. Desde esta perspectiva, el Dios de Jesucristo es un Dios sim-pático en el sentido etimológico del término: syn en griego significa con, y “pático” viene del verbo griego pásjo que significa sufrir, padecer, experimentar; es decir, simpático significa sufrir, padecer con. El Dios de Jesucristo es un Dios que sufre con el ser humano.

Por otra parte, hay que darse cuenta que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, sufre con nosotros pero no como nosotros. Cuando el Hijo de Dios padece lo hace al modo divino: “su pasión es expresión de su libertad; Dios no es atrapado por el sufrimiento, sino que se deja libremente alcanzar de él. No sufre como la criatura, por deficiencia en el ser; sufre por amor y en su amor que es la superabundancia de su ser”[3]. Porque Dios es la omnipotencia del amor, puede realizar la impotencia del amor. Puede experimentar el sufrimiento y la muerte sin sucumbir a ellos. Sólo así puede redimir nuestra muerte mediante la suya[4]. Si experimentara el sufrimiento y la muerte igual que nosotros, no sería capaz de redimirnos.

En conclusión, Dios no nos hace sufrir sino que sufre con nosotros y no para divinizar el sufrimiento, sino para redimirlo, para transformarlo. Es cierto que el sufrimiento no queda abolido, no desaparece, pero queda transformado desde la esperanza.

Dios no envía ni terremotos ni tsunamis, éstas son catástrofes naturales, sino que en la cruz de su Hijo sufre junto a todas las víctimas; pero en la resurrección de su Hijo abre nuestro sufrimiento a la esperanza, porque la resurrección es el triunfo definitivo de la vida sobre el horror, el sufrimiento y la muerte. La solidaridad, la ayuda mutua sin tomar en cuenta nuestras diferencias son manifestaciones concretas de las semillas de vida que brotan del dolor y un adelanto de la vida definitiva junto a Dios. En esto consiste el poder de la cruz, en que del dolor y la muerte surgen la esperanza y la vida.


[1] Famoso jurista, político, filósofo, escritor y orador romano que vivió entre el 106-43 a.C.

[2] Walter Kasper, Jesús, el Cristo, Sígueme, Salamanca 1992, pág. 139.

[3] Walter Kasper, El Dios de Jesucristo, Sígueme, Salamanca 1990, pág. 226.

[4] Cf. W. Kasper, El Dios de Jesucristo…, pág. 227.


Ángeles y pastores

28 noviembre, 2009

Litúrgicamente, el pasaje que el calendario trae para la “Misa del gallo” es el de Lc 2,1-14. Es ampliamente conocido que los así llamados relatos de la infancia que traen sólo Mateo y Lucas que, entre paréntesis son bastante distintos entre ellos, no son narraciones histórico-biográficas, sino composiciones teológicas a modo de “sinopsis”, es decir, buscan presentar desde un principio la identidad profunda de Jesús.
Hay un tema de ese relato de Lucas que me gustaría resaltar porque es un elemento fundamental de la vivencia cristiana: la alegría. Para empezar hay que decir que poco tiempo después de la muerte y resurrección de Jesús lo que él hizo y dijo fue conocido con el nombre de “evangelio”, es decir, “buena noticia” y las buenas noticias lo son porque producen alegría, no por decreto.
¿En qué consistía la buena noticia? En que había llegado la salvación tan anhelada por judíos y también por paganos, pero, paradójicamente, la salvación no venía de un héroe, como Hércules, sino de “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,7.12), considerando que pesebre no era la imagen romanticona que nosotros tenemos sino un comedero para animales. Ese niño impotente y desprotegido es llamado Salvador, Mesías y Señor: ¡Un completo absurdo! Pero ¿quién dijo que Dios es lógico? El poder de Dios se manifiesta en lo pequeño, lo humilde, lo sin importancia, basta con leer el Magnificat que también está en Lucas (1,46-55).
Pero vamos a nuestro tema. El texto dice: “Había en aquellos campos unos pastores que pasaban la noche en pleno campo cuidando sus rebaños por turnos. Un ángel del Señor se les presentó y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Entonces sintieron mucho miedo, pero el ángel les dijo: No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para ustedes y para todo el pueblo. Les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Y de repente se reunieron con el ángel muchos otros ángeles del cielo, que alababan a Dios diciendo: ¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor” (Lc 2,8-14). Aparecen ángeles y pastores, que constituían dos polos opuestos, pues los pastores eran considerados lo más bajo en el escalafón social. Se creía que eran bandidos, ladrones y que el ganado que tenían era fruto del pillaje. A ellos se les anuncia la alegría, la que también se manifiesta en el cántico de alabanza de los ángeles, con lo que se quiere decir que la alegría por el nacimiento del Salvador abarca desde lo más alto a lo más bajo. Es una alegría cósmica de la que nadie queda excluido. Cualquiera puede disfrutar de ella. Basta con abrir la existencia al poder que se manifiesta en un impotente y cuya señal es que se trata de un niño envuelto en pañales recostado en un comedero de animales. Ese niño, además, nos muestra que cualquiera que pretendiendo ser discípulo del Señor busque el poder, el prestigio y la fama es todo lo contrario a Cristo: es un Anticristo.


Navidad versus consumo

27 noviembre, 2009

Es cierto que este comentario de formación bíblica no tiene nada, pero puede resultar iluminador para el tiempo de Adviento y Navidad.

Puede resultar para nosotros bastante sorprendente y curioso saber que en Alemania las grandes tiendas y negocios en general están cerrados los domingos. Más aún, el 1º de Diciembre del 2009, el Tribunal Constitucional alemán, que tiene su sede en Karlsruhe, emitió un fallo al respecto, puesto que como las grandes tiendas habían anunciado su intención de abrir los domingos de Adviento, las iglesias católica y protestante interpusieron una demanda ante este Tribunal Constitucional mencionado con el fin de evitar la utilización comercial de esta fiesta tan importante para el cristianismo.

El Tribunal Constitucional germano falló en favor de las iglesias recalcando la importancia del descanso dominical. Parte del veredicto dice: “El interés exclusivamente económico de los comerciantes y el interés cotidiano por salir de compras de los consumidores no son suficientes para justificar una apertura excepcional durante esos días”. Resultado: las tiendas en Alemania deberán permanecer cerradas los domingos y, en especial, los de Adviento.

¡Qué formidable ejemplo que nos muestra en la práctica en un país, que nadie calificaría como atrasado, que el avance y el desarrollo no se reducen a meros criterios económicos e índices de consumo! Más aún, el verdadero desarrollo de las sociedades tiene que ver con el desarrollo de lo propiamente humano, es decir, de aquello que tiene que ver con su interioridad. Y en tantas ocasiones, como en este ejemplo, el consumo no sólo no contribuye sino que atenta contra este tipo de desarrollo más profundo. ¡Cuántas veces los regalos, sobre todo costosos, no son sino un recurso barato (¡vaya paradoja!) para tranquilizar nuestra conciencia por no haber entregado lo que el destinatario esperaba: que nos diéramos nosotros mismos!

En el sorprendente caso comentado nos encontramos con un estado o una legislación que otorga los espacios necesarios para que la vida humana sea más humana; otra cosa es si los ciudadanos utilizan adecuadamente o no esta oportunidad, pero lo importante es que los espacios existen y están garantizados y protegidos constitucionalmente.

El tiempo de Adviento no ha de ser una época de agitación, de stress, de culto al dios consumo, sino de preparación gozosa para la llegada del regalo de la salvación. Y si no somos creyentes, es una época privilegiada para encontrarnos con lo mejor de nosotros mismos. Tiempo para descubrir el tesoro de bondad y belleza que está en lo más íntimo de nuestro ser y una vez descubierto, dejarlo que aflore, que inunde nuestro ser y nos transforme cada día en mejores personas para ir eliminando todo lo de inhumano que pueda haber en nuestra sociedad.