Reino/reinado de Dios

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El centro o núcleo de la actividad de Jesús lo constituyó su proclamación, su anuncio de la llegada del reino de Dios, tal como aparece en el evangelio según Marcos: “Después del arresto de Juan, Jesús se fue a Galilea, proclamando la buena noticia de Dios. Decía: El plazo se ha cumplido. El reino de Dios está llegando. Conviértanse y crean en el evangelio” (Mc 1,14-15).

¿Qué es, pues, el reino de Dios?

Lo primero que habría que hacer notar y que frecuentemente pasamos por alto es que el reino es de Dios, es decir, no es de los hombres sino para los hombres. Lo segundo, ¿en qué consiste tal reino? ¿Es una realidad dinámica o estática? Si miramos el Antiguo Testamento allí “reino de Dios” es una formulación relativamente tardía de la afirmación verbal “Yahvé reina”, por lo que no designa en primer lugar un reino en cuanto territorio gobernado por Dios, sino la soberanía actual de Dios en la historia[1], su acción de gobierno, “la imposición y reconocimiento del señorío de Dios en la historia”[2]. Es evidente, entonces, que en el Antiguo Testamento reino de Dios no es algo estático sino dinámico: significa su acción de reinar, el ejercicio de su potestad real. Y si el reino es una acción, las acciones se realizan, se ejecutan, no se construyen. Por tanto, desde esta perspectiva, más que hablar de reino de Dios habría que hablar de reinado de Dios. Esa acción de gobierno es la que pedimos en la segunda petición del Padre Nuestro cuando decimos: “Venga a nosotros tu reino”. Es decir, ven tú, Padre, con tu amor y misericordia a gobernar sobre nosotros.

El mismo sentido del Antiguo Testamento es el que se encuentra presente en los dichos de Jesús: lo que él anunció es que Dios ha empezado a reinar en el mundo. El reinado definitivo (= escatológico) de Dios ya se ha inaugurado en nuestra historia, “pero ahora sólo es el comienzo, en la pobreza y debilidad (Mc 4,30-32); sin embargo en esta pobreza está encerrada la grandeza del futuro, que no fallará, porque Dios es el protagonista (Mc 4,26-29)”[3]. Esta última parábola muestra con claridad meridiana que quien ejecuta la acción de reinar es en exclusiva Dios, puesto que el grano que un hombre ha echado en la tierra “germina y crece sin que él sepa cómo”. No importa si se levanta o si sigue durmiendo.

De acuerdo a Jesús y a la Sagrada Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, el reinado de Dios es acción de Dios para nosotros; acción que nos salva. ¿Qué nos corresponde a nosotros? La tremenda responsabilidad de aceptar o rechazar ese regalo de la salvación. Ya lo decía Jesús en el texto de Marcos: “Conviértanse y crean en el evangelio” (Mc 1,15). A nosotros nos corresponde responder a la acción de Dios con la conversión y la fe.

De acuerdo a la parábola del sembrador, de nosotros depende ser buena tierra para que la semilla del reino fructifique gracias al poder divino (cf. Mt 13,3-9). Y como decía Juan Pablo II en su encíclica “Redemptoris Missio”, el reino “debemos pedirlo, acogerlo, hacerlo crecer dentro de nosotros; pero también debemos cooperar para que el Reino sea acogido y crezca entre los hombres, hasta que Cristo ‘entregue a Dios Padre el Reino’ y ‘Dios sea todo en todo’ (1Cor 15,24.28)”[4].


[1] Cf. Walter Kasper, El Dios de Jesucristo, Sígueme, Salamanca 1990, p. 197.

[2] Id., Jesús, el Cristo, Sígueme, Salamanca 1992, p. 90.

[3] Rafael Aguirre/Antonio Rodríguez, Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles, Verbo Divino, Estella (Navarra) 2002, p. 137.

[4] Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 20.

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