Misericordia-perdón-alegría-agradecimiento

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Ejes fundamentales de la existencia cristiana

 

Si hay algo que caracteriza el ser y el quehacer de Jesús, es la misericordia: él es misericordioso y predica la misericordia. En esto consiste su anuncio de la llegada, en su persona, del Reinado de Dios. A diferencia de Jesús, Juan el Bautista había anunciado también la proximidad del Reinado de Dios, pero con la imagen escalofriante de un juicio condenatorio (ver Mt 3,7-12). Esta diferencia es la que explica la pregunta que Juan el Bautista, por medio de sus discípulos, hace a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”, porque Jesús no correspondía a la imagen que Juan tenía sobre el Mesías y el Reino de Dios: Jesús no castigaba a los pecadores, por el contrario, comía con ellos y los perdonaba, actitud que acarreaba el escándalo y la ira de sus adversarios. Tal actitud es la que Lucas justifica teológicamente en el capítulo 15 de su evangelio, que podríamos llamar “el capítulo de los perdidos” porque versa sobre la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido: tres parábolas que buscan justificar a Jesús ante los fariseos y maestros de la ley que murmuraban porque Jesús “anda con pecadores y come con ellos” (Lc 15,1-2). Lo que se muestra en estas parábolas es que Jesús actúa así porque Dios es así, es decir, el fundamento de la actitud misericordiosa de Jesús es el ser misericordioso de Dios, misericordia que hace que el corazón de Dios dé un vuelco y sus entrañas se estremezcan, como nos revela el profeta Oseas (Os 11,8).

El secreto del Reinado de Dios inaugurado por Jesús es que Dios realiza su acción de reinar sobre nosotros no como un rey, sino como un padre misericordioso que nos regala su perdón. En Jesús se nos ofrece el perdón gratuito por parte de Dios Padre. Ahora bien, el saberse perdonado, el saber que nuestras deudas han sido condonadas (para utilizar una imagen dramáticamente gráfica por la crisis económica que atravesamos), genera dos reacciones naturales, lógicas, espontáneas: alegría y agradecimiento. Cuando yo he dañado gravemente a otro y soy perdonado por el otro siento que revivo, es tener otra oportunidad, es empezar de nuevo. El perdón es fuente de vida tanto para el que lo da como para el que lo recibe. El perdón es terapéutico: sana al victimario y también y sobre todo a la víctima, en cuanto que ésta queda liberada del rencor y la amargura que la corroían constantemente. El perdón es un acto que brota de cada uno de manera soberana; no depende ni siquiera de la petición de perdón del ofensor. Más aún, es el perdón libremente ofrecido el que puede mover al arrepentimiento y cambio de vida del ofensor. Así nos ofrece Dios su perdón, y la experiencia del perdón recibido gratuitamente nos debe mover a la alegría, al agradecimiento, al cambio de vida (conversión) por la nueva oportunidad recibida y a perdonar como y porque nosotros hemos sido perdonados. Lo que Dios nos pide es que repliquemos con los demás lo que Él ha hecho y hace por nosotros. La Iglesia es, como aparece tan claramente en el evangelio de Mateo (ver capítulo 18), una comunidad de “perdonados perdonantes”. Y ¿cuál es el límite del perdón? ¿Siete veces? No, setenta veces siete (Mt 18,21-35), es decir, ilimitadamente.

Jesús nos ha regalado de parte del Dios Padre misericordioso el perdón, la salvación, por eso Lucas dice que el nacimiento de Jesús ha desatado una alegría universal, que abarca desde lo más alto, los ángeles, hasta lo más bajo, los pastores, considerado un oficio despreciable en tiempos de Jesús (Lc 2,1-20). Esto es lo que nuevamente celebraremos esta Navidad: la salvación está allí, en ese niño recién nacido. Sólo falta que la acojamos en alegría y agradecimiento que se traducen en una vida renovada, convertida que nos impulsa a compartir lo que hemos recibido. La misericordia recibida y a la vez ofrecida es el centro de la experiencia cristiana.

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Una respuesta a Misericordia-perdón-alegría-agradecimiento

  1. El encadenarnos al rencor y la herida siempre abierta de la ofensa recibida, es contrario a la Gracia sanadora, es contrario al amor que faltó en el momento de la agresión.
    Creo que el perdón no se gana, ni siquiera soy digna de pedirlo. El perdón se regala.
    Es un regalo con dos destinatarios: el que lo recibe y el que lo regala.
    El Amor tiene esa doble vertiente y una sola fuente: Dios.
    Así, al Hijo de Dios que nos conduce al Padre, sólo le queda ser misericordioso y lo es voluntariamente. Nos enseña a tomar la iniciativa de perdonar, sin necesidad de que nos lo pidan. Dar la otra mejilla al agresor. Dar en respuesta amor, que derriba el odio.
    Dar la oportunidad de amar, a quién vive en el odio y se siente poco amado.

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